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UFD > S1 > 01-CONOCIENDOSE

by skyheal
about 2 hours ago
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La cafetería "Oro Puro" olía a café recién molido y a masa de croissant. Era un local pequeño, de esos que caben en una esquina de Vallecas y que sobreviven gracias a los clientes habituales. Rodrigo llevaba tres horas detrás de la barra, sirviendo cafés con leche y cortados a la gente del barrio. Le gustaba su trabajo, aunque no pagara mucho. Le gustaba mover las manos, hablar con la gente, sentir que tenía algo que hacer. A sus treinta años, no se quejaba. Tenía un cuerpo que mantenía con horas de gimnasio entre turno y turno, ochenta y seis kilos de músculo repartidos en un metro setenta y cinco, piel marrón oscura que brillaba bajo la luz de la cafetería, ojos café que sabían mirar de frente. Llevaba el pelo negro muy corto, casi rapado, y una camiseta negra de la cafetería que se le quedaba pegada al torso cuando sudaba.

La puerta sonó con el timbre y entró alguien que Rodrigo no había visto antes.

Era un hombre más bien delgado, no muy alto, con el pelo castaño claro corto y alguna cana suelta aquí y allá. Piel clara, rostro afilado, y andaba con una naturalidad que llamaba la atención. No era llamativo de la forma en que lo eran los chicos con los que Rodrigo se acostaba habitualmente —veinteañeros musculosos que frecuentaban los gimnasios de Vallecas—, pero tenía algo. Algo que Rodrigo no supo nombrar en ese momento.

—Un café solo, por favor —dijo el hombre.

Rodrigo asintió y preparó el café. Le puso la taza en la barra con cuidado.

—Toma. Solo, sin azúcar.

—Gracias —dijo el hombre, y levantó la vista.

Tenía unos ojos azules que Rodrigo no esperaba. Azules de verdad, no del azul pálido que a veces se confunde con gris. Un azul intenso, como el de un cielo de julio a las tres de la tarde. Y una sonrisa que acompañaba esos ojos con una especie de timidez que no encajaba con su edad. Rodrigo calculó que tendría cuarenta y algo. Mayor que él. Pero esos ojos.

Rodrigo le sonrió sin pensar. Una sonrisa amplia, de esas que se le escapaban cuando algo le gustaba de verdad.

Y entonces pasó. Algo que no le pasaba nunca en el trabajo, algo que no le pasaba simplemente mirando a alguien. Se puso duro. Así, de golpe. Como un adolescente que ve por primera vez a alguien que le desarma. Notó la presión contra la bragueta del pantalón negro de camarero y agradeció que la barra le cubriera de cintura para abajo. Su polla estaba completamente dura, tensa, empujando contra la tela como si tuviera voluntad propia.

El hombre se sonrojó. Literalmente. Un rosa le subió por las mejillas claras y desvió la mirada hacia la taza de café. Rodrigo vio ese rubor y sintió que algo se le encendía en el estómago. Una mezcla de deseo y curiosidad salvaje.

El hombre se bebió el café de pie, en silencio, sin mirarle directamente otra vez. Dejó dos euros en la barra.

—Gracias —repitió, esta vez con la voz algo más baja.

Y se fue. Rodrigo le vio caminar hacia la puerta, y cuando el hombre se dio la vuelta para salir, Rodrigo le miró el culo. Sin disimulo. Sin intentar esconderlo. Un culo apretado en un vaquero que le sentaba bien, redondo, firme, del tamaño justo para meterle las manos. Rodrigo se puso más duro todavía, si es que eso era posible. Notó la polla como una barra de acero dentro del pantalón y tuvo que apoyarse en la barra y respirar.

Se quería cojer ese culo. Se quería cojer a ese hombre. Desesperadamente.

Rodrigo se quedó mirando la puerta de la cafetería mucho después de que el hombre se hubiera ido. El timbre seguía colando el sonido de su entrada como un eco. Rodrigo apretó los dientes y se sirvió un vaso de agua.

No sabía su nombre. No sabía nada de él. Solo sabía que tenía unos ojos azules que le habían puesto duro en menos de tres segundos y un culo que le había dejado con las manos temblando.

Esa tarde, después del turno, Rodrigo volvió a su habitación en el piso compartido de Vallecas. Era una habitación pequeña, con una cama de matrimonio que ocupaba la mayor parte del espacio, una mesa con un portátil viejo y una estantería con unas pesas. Se tiró en la cama con el móvil en la mano y abrió la app de citas gay que usaba habitualmente. No buscaba nada en concreto. Scroll, scroll, scroll. Chicos conocidos, cuerpos que ya había visto, perfiles que no le decían nada.

Y entonces lo vio.

Era él. El del café. Sonriendo a la cámara con esa misma mezcla de timidez y sinceridad que le había vuelto loco por la mañana. Rodrigo se quedó parado con el dedo sobre la pantalla. La foto mostraba su pelo castaño claro, alguna cana, y esos ojos azules que parecían mirarle incluso a través de una foto de perfil.

Erección instantánea. Otra vez. Como un reflejo incondicionado. Su polla se puso dura dentro de los pantalones del chándal que se había puesto al llegar a casa. Rodrigo se pasó la lengua por los labios. Se le hacía la boca agua.

Abrió el perfil. Se llamaba Marcus. Cuarenta y un años. Vivía en Madrid. No ponía mucho más. Una foto, una edad, una ciudad. Sin descripción, sin lista de preferencias. Algo en esa simplicidad le gustó.

Le dio a like. No esperaba respuesta inmediata, pero la tuvo.

Marcus le había devuelto el like en menos de un minuto. Y luego un mensaje:

"Creo que te conozco."

Rodrigo sintió un escalofrío. Escribió rápido:

"¿De dónde?"

"De esta mañana. Oro Puro. El café solo."

Rodrigo se rió solo en la habitación. Le temblaban los dedos.

"Joder. Sí. Yo te serví el café."

"Me acordé de ti en cuanto vi tu foto de perfil. No es fácil olvidar esa sonrisa."

Rodrigo se mordió el labio inferior. Estaba duro, tenso, con el corazón latiéndole en las sienes y en la entrepierna. Pero no quería precipitarse. Este hombre era diferente. No era un cuerpo más de la app. Era algo que le había puesto duro en persona, con una mirada, con un rubor.

Hablaron durante un rato. De cosas pequeñas. De Madrid, del café, del tiempo que hacía. Marcus le contó que trabajaba desde casa, que era informático. Rodrigo le contó que era camarero, que le gustaba su barrio. La conversación era fácil, natural, sin la urgencia sexual que solía tener en esa app. Pero Rodrigo estaba duro durante toda la conversación. Cada mensaje que le llegaba de Marcus le hacía pensar en su voz, en sus ojos, en ese culo.

Se intercambiaron los perfiles completos. Se dieron los números de teléfono.

"¿Quedamos un día a cenar?" escribió Marcus.

"Cuando quieras" respondió Rodrigo.

Por el momento, la conversación se quedó ahí. Amistosa. Sin sexo. Sin insinuaciones explícitas. Pero Rodrigo se quedó en la cama con el móvil sobre el pecho y la polla dura como una piedra, mirando el techo.

No podía dejar de pensar en él.

Se masturbó esa noche. Lento. Pensando en los ojos azules de Marcus, en cómo se había sonrojado, en cómo sería verle sin ropa. Se corrió con un gemido ahogado en la almohada, pensando en lo que quería hacerle.

Y se durmió con el teléfono al lado, esperando un mensaje que no llegó hasta la mañana siguiente.

"Buenos días. Hoy voy a pasar por la cafetería a media mañana. ¿Estás?"

Rodrigo sonrió antes de abrir los ojos.

"Estoy. Te espero."

El sábado por la mañana, Rodrigo se fue a trabajar con una energía que no tenía habitualmente. Limpió la barra dos veces, reorganizó las tazas, cambió el agua de la cafetera espresso sin que nadie se lo pidiera. Su compañera de turno le miró con sospecha.

—¿Te has tomado algo? —preguntó.

—No. Estoy bien.

—Estás raro.

Rodrigo no contestó. Estaba esperando.

A media mañana, el timbre sonó y Marcus entró en la cafetería. Llevaba un jersey azul marino que le hacía los ojos todavía más azules, si es que eso era posible. Rodrigo notó el golpe de deseo en el estómago, y más abajo.

—Hola —dijo Marcus.

—Hola. ¿Café solo otra vez?

Marcus sonrió.

—Sí. Solo.

Rodrigo preparó el café. Se lo puso en la barra. Marcus se sentó en un taburete y le miró.

—Ayer me gustó mucho hablar contigo.

Las palabras salieron simples, directas, sin adornos. Pero Rodrigo sintió que le recorrían como una descarga eléctrica. Estaba encantado. Excitado. No entendía qué tenía este hombre que solo verle sonreír le ponía duro como un crío de quince años.

—A mí también —dijo Rodrigo, apoyándose en la barra—. Me gustó.

Hablaron un rato. De todo y de nada. Marcus le contó que tenía una gata que se llamaba Sky, tricolor, que era miedosa pero cariñosa. Rodrigo le contó que no tenía mascotas porque en el piso compartido no le dejaban. Marcus le dijo que conducía un BMW azul que le gustaba más de lo que debería admitir. Rodrigo le dijo que él iba en metro y que no le importaba.

Se rieron. Se miraron. Rodrigo notaba la erección constante, persistente, como un zumbido bajo que no se apagaba.

—¿Quieres ir a cenar mañana? —preguntó Marcus—. Sábado. Conozco un sitio de sushi que está muy bien.

Rodrigo era más de hamburguesa. De carne, de grasa, de pan con queso. Pero habría ido a cenar a un contenedor con tal de tener una cita con Marcus.

—Me encanta el sushi —mintió.

Marcus se rió.

—No te creo ni una palabra.

—Da igual. A cualquier sitio contigo.

Marcus se sonrojó otra vez. Y Rodrigo tuvo que agarrarse a la barra para no saltar el mostrador.

Esa tarde, la conversación continuó por WhatsApp. Rodrigo estaba tumbado en su cama, con el teléfono encima del pecho, escribiendo y borrando mensajes. Cada respuesta de Marcus le llegaba como un pequeño regalo. Quería saber más. Quería saber todo.

Le gustaba conocerle. Le gustaba que Marcus le contara cosas con una naturalidad que no tenía la urgencia de las apps. Le gustaba que le preguntara por su día, por sus turnos, por si le gustaba vivir en Vallecas. Le gustaba que le mandara una foto de Sky dormida en el teclado del portátil y que escribiera "no me deja trabajar".

Pero había algo más que Rodrigo necesitaba saber. Su rol estaba muy definido. Siempre lo había estado. No era algo que negociaba ni algo que flexibilizaba. Era dominante. Le gustaba tener el control, dirigir, marcar el ritmo. Y necesitaba saber si Marcus encajaba en eso.

Le costó formular la pregunta. Escribió tres versiones distintas antes de mandar la que le pareció más directa.

"¿Qué te gusta?"

La respuesta de Marcus tardó un minuto. Rodrigo contó los segundos.

"Puedo ser lo que tú quieras."

Rodrigo leyó la frase tres veces. Sintió que la sangre se le concentraba en la entrepierna. La polla se le puso completamente dura, otra vez, como si el cuerpo de Marcus fuera una orden que su cuerpo obedecía sin pensarlo.

Escribió:

"¿Sumiso entonces?"

La respuesta llegó en segundos.

"Sumiso será."

Rodrigo soltó el teléfono en la cama y se tapó la cara con las manos. Estaba respirando fuerte, con el pecho subiendo y bajando, con la erección empujando contra el pantalón del chándal como si fuera a romper la tela.

Se imaginó a Marcus debajo de él. Se imaginó esos ojos azules mirándole desde abajo, con esa mezcla de confianza y entrega. Se imaginó el rubor de sus mejillas extendiéndose por el cuello, por el pecho, por todo el cuerpo. Quería averiguarlo. Quería ver hasta dónde llegaba ese sonrojo.

Se bajó los pantalones del chándal y los calzoncillos de un tirón. Su polla estaba dura, gruesa, veintidós centímetros de carne oscura y tensa que se le quedó pegada al abdomen. Se la agarró con la mano derecha y cerró los ojos.

Pensó en Marcus.

Pensó en sus ojos azules mirándole mientras le ponía un café. Pensó en el rubor subiéndole por las mejillas. Pensó en cómo le había mirado el culo cuando se dio la vuelta para salir de la cafetería. Pensó en sus palabras: "Sumiso será."

Se masturbó lento, apretando la mano alrededor de su polla, moviéndola hacia arriba y abajo con una presión que se iba incrementando. Se imaginó a Marcus de rodillas frente a él, con esa cara clara y esos ojos azules mirándole desde abajo, con los labios separados, esperando. Se imaginó metiéndole la polla en la boca, sintiendo su lengua, su calor, su sumisión. Se imaginó agarrándole por el pelo castaño claro, sintiendo la textura de esas canas sueltas entre los dedos, moviéndole la cabeza al ritmo que él quisiera.

Apretó más fuerte. El movimiento se aceleró.

Pensó en tumbarle boca abajo en una cama. En abrirle las piernas. En ver ese culo que le había vuelto loco en la cafetería, expuesto, disponible. En meterle la lengua primero, en sentirle temblar, en escucharle gemir. En prepararle con los dedos, uno, dos, hasta que Marcus le pidiera más. Hasta que le dijera que le follara.

La polla de Rodrigo estaba tan dura que dolía. La movía con la mano derecha, rápido, con un ritmo que se correspondía con las imágenes que le pasaban por la cabeza. Marcus debajo de él. Marcus con la espalda arqueada. Marcus con ese rubor que quería investigar extendiéndose por toda la piel clara. Marcus gimiendo su nombre.

Rodrigo abrió los ojos un momento y miró su polla. Grande, gorda, oscura, con la cabeza hinchada y brillante de presemen. Se la llevó a la boca mentalmente —no, a la boca de Marcus— y volvió a cerrar los ojos.

Se imaginó follándole. Lento al principio, con la polla entrando en ese culo apretado, sintiendo la resistencia, la presión, el calor. Luego más rápido. Más fuerte. Agarrándole por las caderas delgadas, clavándole los dedos en la piel clara, dejándole marcas. Marcus gimiendo, con la cara hundida en la almohada, con el cuerpo temblando. Marcus diciéndole que sí, que más, que más fuerte.

La mano de Rodrigo se movía frenéticamente. El sonido húmedo de la polla en su puño llenaba la habitación pequeña. Su respiración era irregular, entrecortada, con gemidos bajos que le salían del fondo del pecho.

Pensó en la cara de Marcus cuando se corriera. En cómo se pondrían esos ojos azules cuando el placer le desbordara. En cómo se sonrojaría, en cómo ese rosa le subiría por las mejillas y el cuello y el pecho, en cómo todo su cuerpo se pondría colorado mientras Rodrigo le follaba.

—Joder —murmuró.

Se imaginó corriéndose dentro de Marcus. Llenándole. Notando los espasmos del culo de Marcus alrededor de su polla mientras él también se corría. Se imaginó el gemido final, el cuerpo de Marcus convulsionando debajo de él, el rubor cubriéndole entero como un mapa que solo Rodrigo sabía leer.

El orgasmo le golpeó como una ola. Rodrigo arqueó la espalda en la cama, clavó los talones en el colchón, y se corrió con un gemido largo y gutural que ahogó contra la almohada. El semen le salió a chorzos, espeso y blanco, cayéndole sobre el abdomen, sobre la mano, sobre el chándal. Mucho. Más de lo habitual. Como si el cuerpo le estuviera diciendo algo que la cabeza todavía no había procesado del todo.

Se quedó quieto, respirando fuerte, con la mano manchada y la polla todavía semi-erecta sobre el vientre. Miró el techo. Miró el semen en su cuerpo. Miró el teléfono.

Tenía un mensaje de Marcus.

"Buenas noches, Rodrigo. Hasta mañana."

Rodrigo sonrió. Limpia el mensaje en la pantalla con el pulgar, y escribió con una mano mientras se limpiaba con la otra.

"Hasta mañana, bebé. Sueña bonito."

Luego se quedó ahí, tumbado, con una sonrisa estúpida en la cara y el cuerpo todavía caliente. Mañana era la cena. Sushi que no le gustaba y un hombre que le ponía más duro que todo el gimnasio junto. Rodrigo se rio solo en la oscuridad de la habitación.

Si el sushi era tan malo como esperaba, al menos tendría algo bueno que mirar mientras masticaba arroz.

Y después de la cena... bueno. Después de la cena tenía planes. Planes que implicaban averiguar si ese rubor le llegaba hasta donde él creía.

Rodrigo se durmió con la sonrisa puesta y el teléfono en el pecho, con la polla todavía medio dura contra el muslo, soñando con ojos azules y piel que se sonroja.