Cartagena's Forbidden Passion Daniel
by forbidden345passionDaniel Primer Dia El sol de Cartagena ya quemaba como un hierro al rojo cuando oí el claxon de un jeep viejo pero impecable estacionado abajo, en la calle empedrada. Maykell me había dado las últimas
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El sol de Cartagena ya quemaba como un hierro al rojo cuando oí el claxon de un jeep viejo pero impecable estacionado abajo, en la calle empedrada. Maykell me había dado las últimas instrucciones esa mañana, con esa sonrisa suya que prometía caos controlado: "Disfruta, Mariela. Solo déjate llevar, como con la historia". Yo estaba nerviosa, el corazón latiéndome en la garganta, pero también excitada, recordando los masajes de Daniel en Medellín. Aquellos toques firmes que me dejaban la piel erizada, sin cruzar nunca la línea, pero siempre rozándola. Me miré en el espejo del hotel una última vez. Había elegido lo mismo que usé allá: esos shorts cortos y ajustados, de tela fina que se pegaba a mi piel como una segunda capa, tan delgados que se metían entre mis nalgas y rozaban mi coño con cada paso. Encima, la blusa transparente, blanca y vaporosa, que dejaba ver el contorno de mis pezones si la luz daba de frente. Y por último, el vestido Doreen que compré en un arrebato el año pasado –transparente como el cristal, flojo en los hombros, cayendo hasta medio muslo. En la luz del día, no ocultaba nada: mis curvas, el leve bulto de mis labios hinchados ya por la anticipación. Me sentía expuesta, pero eso era el punto, ¿no? Maykell lo sabía.
Bajé las escaleras del hotel con las piernas temblando un poco, el aire húmedo pegándose a mi piel. Ahí estaba él, Daniel, saliendo del jeep con esa gracia felina que lo hacía parecer sacado de un escaparate de maniquíes en un mall de lujo. Dios, el hombre era un espectáculo. Piernas musculosas, como las de un ciclista profesional, tensas bajo los shorts cargo que llevaba, subiendo hasta un culo redondo y firme que tensaba la tela. Hombros anchos, brazos definidos con venas marcadas, cintura estrecha que le daba esa silueta de superhéroe, como si Superman hubiera decidido tomarse vacaciones en la costa. Llevaba una camisa de lino abierta en el pecho, mostrando un rastro de vello oscuro que bajaba hasta su ombligo. Todas las mujeres en la calle se giraron: la vendedora de mangos con la boca entreabierta, un par de turistas rubias susurrando en inglés, incluso la dueña del café de la esquina dejó caer una servilleta. Él solo sonrió, ignorándolas, y me abrió la puerta del copiloto con un gesto caballeroso. "Mariela, qué bueno verte de nuevo. Te ves... radiante".
Subí al jeep, el asiento caliente contra mis shorts, y sentí cómo la tela se hundía un poco más entre mis labios, frotando mi clítoris con el movimiento. Intenté no gemir. Él rodeó el vehículo y se montó, su aroma –una mezcla de colonia cítrica y sudor fresco– invadiendo el espacio. "Maykell me dijo que estabas lista para algo ligero primero. Hay un sitio cerca de la playa, sirven ceviches y jugos. ¿Te parece?". Asentí, cruzando las piernas para calmar el pulso en mi entrepierna. "Suena perfecto". Arrancó, y el jeep traqueteó por las calles, el viento agitando mi vestido hasta que se levantó un poco, revelando el borde de mis shorts. Él miró de reojo, pero no dijo nada, solo sonrió con esa curva en los labios que me recordaba por qué sus masajes en Medellín me dejaban hecha un desastre.
Llegamos a un chiringuito improvisado al borde de una caleta, con mesas de madera bajo toldos de palma. El lugar olía a limón y pescado fresco, y pedimos ceviche de camarones y un jugo de lulo helado. Nos sentamos frente al mar, las olas rompiendo suaves, y empezamos a charlar. Él era respetuoso, como siempre: preguntas sobre mi trabajo en el hospital, anécdotas de Cartagena, risas sobre el viaje de Maykell y yo. Pero había un filo juguetón en su voz, un coqueteo sutil que me hacía apretar los muslos bajo la mesa. "En Medellín, tus masajes eran lo mejor del día", le dije, probando el terreno, mientras pinchaba un trozo de ceviche. Él levantó la vista, sus ojos oscuros clavándose en los míos. "Y tú eras la clienta más receptiva. Sentía cómo te relajabas bajo mis manos, pero también... cómo te tensabas en ciertos puntos". Su pie rozó el mío por accidente –o no–, enviando una chispa directo a mi coño. Reí, fingiendo ligereza. "Culpa tuya, con esas manos tuyas. Eres demasiado bueno". Él se inclinó un poco, su voz bajando. "Solo trato de hacer que te sientas bien, Mariela. Maykell me dijo que querías algo especial esta semana. Estoy aquí para eso". El sol pegaba en mi vestido, haciendo la tela casi invisible; vi cómo sus ojos bajaban un segundo a mis pezones endurecidos, luego volvieron a mi cara. Me mojé más, el calor entre mis piernas convirtiéndose en un goteo que empapaba los shorts.
Comimos despacio, el flirteo escalando sin prisa. Hablamos de la boda de Lina, de cómo él había masajeado a todas nosotras esa noche, y reí al recordar las confesiones entre copas: cómo nos dejaba todas con la piel ardiendo, imaginando más. "Tú eras la que más reaccionaba", dijo él, directo pero suave. "Tus músculos se contraían justo en la base de la espalda, como si quisieras que mis manos bajaran un poco más". Sentí un rubor subir por mi cuello, pero no aparté la mirada. "Tal vez quería eso. Pero eras un caballero, siempre parando justo antes". Él rió, un sonido grave que vibró en mi pecho. "Hoy no hay grupo, solo tú. Puedo concentrarme". Terminamos el almuerzo con esa tensión colgando en el aire, mi coño palpitando contra la tela húmeda. Cuando pagó la cuenta, su mano rozó la mía al pasarme el jugo, y juro que sentí su pulgar presionar un segundo de más.
De vuelta en el jeep, el trayecto al hotel de él fue corto, pero el silencio estaba cargado. Su hotel era un boutique escondido en un barrio residencial, con una fachada de buganvillas y un patio interno con piscina. Aparcó y me guio adentro, su mano en la parte baja de mi espalda, dedos firmes rozando el borde de mis shorts. Subimos por una escalera exterior a su habitación en el segundo piso –una suite amplia con balcón, cama king y una mesa de masajes profesional en el centro, cubierta de toallas blancas. El aire acondicionado zumbaba suave, contrastando con el calor de afuera. "Aquí es donde trabajo cuando viajo", explicó, cerrando la puerta. "Relájate, Mariela. Empecemos". Me quedé parada, el vestido pegado a mi piel sudada, y él se acercó despacio, sus ojos recorriendo mi cuerpo sin disimulo. "Puedes dejar el vestido aquí", murmuró, sus dedos tocando el tirante en mi hombro. Lo bajó con lentitud agonizante, la tela deslizándose por mis brazos, exponiendo mis hombros, luego mis pechos –los pezones duros como piedras, visibles a través de la blusa fina. Siguió bajando, hasta que el vestido cayó a mis pies en un pool de seda transparente. Quedé en shorts y blusa, el contorno de mi coño delineado por la humedad, labios hinchados presionando la tela. Él tragó saliva, su mirada deteniéndose ahí un segundo. "Joder, te ves increíble".
Me indicó la mesa, y me subí facedown, el estómago contra la superficie acolchada. Colocó un pequeño almohadón bajo mis caderas, elevando mi culo ligeramente –lo suficiente para que los shorts se hundieran más entre mis nalgas, la tela fina metiéndose en la raja y rozando mi ano y los labios de mi coño. Sentí el aire fresco contra mi piel expuesta, y un gemido escapó de mis labios antes de que empezara. Él vertió aceite tibio en mi espalda, sus manos grandes y callosas extendiéndolo desde los hombros. Eran toques expertos: pulgares presionando nudos en mis trapecios, palmas deslizándose por mi espina dorsal hasta la curva de mi cintura. Hablaba suave, voz ronca. "Respira profundo, déjate ir". Pero ya estaba ida, mi mente reviviendo Medellín, cómo sus manos siempre paraban justo en el borde de mis glúteos, rozando el interior de mis muslos sin entrar.
Bajó a mis piernas, amasando los músculos de mis pantorrillas, subiendo por los muslos. Sus dedos se hundían en la carne, separando ligeramente, y cada vez que llegaba al borde de los shorts, frenaba –rozando el pliegue donde mi muslo se unía a mi coño, el calor de sus nudillos a milímetros de mis labios empapados. "Estás tensa aquí", dijo, su aliento cerca de mi piel. "Relájate". Intenté, pero mi culo se levantó un poco por instinto, empujando contra el almohadón, los shorts clavándose más profundo. Sentí la tela frotar mi clítoris, y un chorrito de humedad se filtró, empapando todo. Él lo notó –sus manos temblaron un segundo al rozar el borde húmedo– pero siguió, masajeando el exterior de mis glúteos, dedos hundiendo en la carne suave sin entrar. Era tortura: cada pasada rozaba el perímetro de mi coño y ano, el aceite haciendo que todo resbalara, mi excitación goteando por mis muslos internos.
Me volteó con cuidado después de quince minutos, colocándome supina, el almohadón aún bajo mis caderas elevando mi pelvis. Ahora la blusa transparente no ocultaba nada: mis pezones erectos, el rubor en mi pecho. Él empezó por mis brazos, masajeando desde las muñecas hasta los hombros, sus ojos fijos en los míos. "Maykell mencionó una historia que leíste. Algo sobre fantasías pasadas". Su voz era casual, pero vi el brillo en su mirada. Joder, Maykell se lo había contado todo –o lo suficiente. Mi coño se contrajo al pensarlo, recordando a Ricardo, pero ahora con las manos de Daniel tan cerca. Bajó a mi abdomen, palmas circulares sobre mi vientre, dedos rozando el borde de la blusa, subiendo hasta el inferior de mis pechos sin tocarlos. "Te gustaba, ¿verdad? Dejarte llevar por esos recuerdos".
Asentí, mordiéndome el labio, mi respiración pesada. Él sonrió y movió las manos an mis muslos, abriéndolos ligeramente para masajear el interior. Ahora era peor –o mejor. Sus pulgares presionaban a centímetros de mi coño, rozando la tela de los shorts donde se pegaba an mis labios hinchados. Podía oler mi propia excitación, ese olor almizclado que se mezclaba con el aceite y el sudor, subiendo desde mis shorts empapados. Daniel siguió masajeando el interior de mis muslos, sus pulgares presionando con esa precisión que me volvía loca, siempre a un pelo de rozar donde lo necesitaba de verdad. Cada pasada hacía que mis labios se hincharan más, el roce de la tela contra mi clítoris era como un dedo fantasma, y joder, estaba tan cerca de correrme solo con eso. Mi coño palpitaba, contrayéndose vacío, y sentí un chorro de humedad filtrarse por los shorts, goteando hasta el borde de la mesa. No me tocaba ahí, no directamente, pero su aliento cálido rozaba mi piel cada vez que se inclinaba, y mis caderas se movían solas, buscando más. "Estás respondiendo bien", murmuró, su voz ronca, mientras sus dedos se hundían en la carne blanda de mis muslos internos, separándolos un poco más. Casi, joder, casi me vengo ahí mismo, con solo la promesa de sus manos y el calor de su mirada fija en el bulto húmedo de mi entrepierna. Pero entonces paró, cubriéndome con una toalla ligera, y me dijo que descansara un rato. Me quedé ahí, jadeando, el orgasmo colgando al borde como un precipicio, sin caer.
Cuando salí de su hotel esa tarde, las piernas me temblaban tanto que casi tropiezo en la escalera. El sol seguía pegando fuerte, y mi vestido transparente se pegaba a mi piel sudada, delineando cada curva, los shorts aún húmedos rozando mi coño sensible con cada paso. Tomé un taxi de vuelta al mío, y en cuanto llegué, llamé a Maykell. Él estaba en una reunión de trabajo en el centro, pero contestó al segundo tono, su voz con ese tono juguetón que siempre me ponía a mil. "Cuéntame todo, Mariela. ¿Cómo fue el masaje?". Me tiré en la cama, todavía con el vestido puesto, y empecé a soltar todo, la voz entrecortada. "Joder, Maykell, fue una puta tortura. Sus manos en mis muslos, rozando justo al lado de mi coño sin tocarlo, y yo... yo casi me corro solo con eso. No me metió los dedos ni nada, pero sentía mi pussy goteando, contrayéndose como si ya estuviera follándome. Estaba tan mojada que los shorts se pegaban, y él lo veía todo, lo olía. Dios, quería que me abriera las piernas y me lamiera hasta que explotara, pero se quedó en el límite. Me dejó hecha un desastre, excitada como nunca". Él rió, ese sonido grave que me hacía apretar los muslos. "Sabía que te gustaría. Mañana lo verás de nuevo, ¿no? Sigue así, déjate llevar". Colgué, tocándome un poco a través de la tela, pero no quise correrme sola; quería guardar esa necesidad para él.
Daniel Dia 2
Al día siguiente, me desperté con el cuerpo aún zumbando, el recuerdo de sus manos como un eco en mi piel. El hotel tenía una vista al mar, y mientras el sol entraba por la ventana, decidí ir más lejos esta vez. Nada de blusa ni shorts; busqué en mi maleta esa otra prenda que había traído en un impulso, un vestido de gasa negra casi transparente, más corto que el de ayer, cayendo justo por encima de la rodilla pero con un corte que se abría en los lados, dejando ver las caderas con cada movimiento. Debajo, un tanga de cuero rojo, delgado como un hilo, que se hundía entre mis labios y rozaba mi ano con cada paso, sin nada más. No bra, mis tetas libres, los pezones ya endureciéndose contra la gasa fina. Me miré en el espejo: en la luz del día, era obsceno. La tela negra dejaba ver el contorno de mis pechos, el cuero rojo asomando en las caderas, y si me movía, el triángulo del tanga delineado justo sobre mi coño. Me sentía como una puta en exhibición, pero eso me ponía cachonda, el estómago revolviéndose de nervios y deseo. Maykell me había dicho que hoy sería "un paso más", y joder, yo estaba lista para eso.
Bajé al lobby, el aire acondicionado haciendo que mis pezones se marcaran como balas, y ahí estaba el claxon del jeep. Daniel me esperaba, vestido con una camiseta ajustada que se pegaba a su pecho, shorts que dejaban ver esas piernas musculosas, y cuando me vio, sus ojos se abrieron un segundo, recorriéndome de arriba abajo como si me estuviera desnudando. "Mariela... joder, ese vestido". Subí al asiento del copiloto, la gasa rozando mis muslos, y el tanga ya empezaba a frotar mi clítoris con el movimiento del jeep al arrancar. Él no apartaba la vista de la carretera, pero lo sentía: me comía con los ojos, su mirada bajando cada vez que parábamos en un semáforo, fijándose en cómo el vestido se subía un poco, revelando el borde del cuero rojo. "Te ves... peligrosa hoy", dijo, su voz tensa, y yo crucé las piernas, sintiendo el tanga hundirse más profundo, un pulso en mi pussy que me hacía morder el labio. El trayecto fue corto, pero cada bache hacía que el cuero rozara mi ano y mis labios, y su presencia a mi lado, ese aroma a sudor y colonia, me tenía el coño chorreando antes de llegar.
Aparcó cerca de un mercadito al aire libre, no en la playa esta vez, sino en una plaza con vendedores de frutas y artesanías, gente moviéndose por todos lados bajo el sol implacable. "Pensé que un paseo ligero antes del masaje", explicó, bajando y rodeando el jeep para abrirme la puerta. Su mano rozó mi brazo al ayudarme, y joder, el contacto envió una descarga directo a mi entrepierna. Caminamos por la plaza, el vestido ondeando con la brisa, y sentía todas las miradas: un tipo vendiendo arepas se quedó con la boca abierta, una pareja de locales susurrando, incluso un perro callejero levantó la cabeza. Pero Daniel... él no disimulaba. Sus ojos se clavaban en mis tetas, en cómo los pezones presionaban la gasa, luego bajaban a mis caderas, donde el tanga se marcaba como una invitación. "No puedo dejar de mirarte", murmuró mientras pasábamos por un puesto de joyas, su mano en la curva de mi espalda, pulgar rozando el borde del vestido. Me volvía loca, esa forma en que me devoraba, como si ya estuviera imaginando cómo me quitaría todo. Mi coño se contraía con cada paso, el cuero frotando sin piedad, y tenía que apretar los dientes para no gemir en público. Compramos un par de mangos maduros, jugo goteando por mis dedos mientras los pelaba, y él lamió el suyo despacio, ojos fijos en mi boca. "Sabes que me estás matando, ¿verdad?".
Regresamos al jeep sudados, el calor pegajoso haciendo que el vestido se adhiriera a mi piel, transparente del todo ahora, mis tetas y el tanga visibles como si estuviera desnuda. Él condujo de vuelta a su hotel en silencio, pero su mano cayó en mi muslo, dedos apretando la carne suave, subiendo hasta el borde del vestido sin entrar. Sentí su pulso acelerado, y joder, cuando aparcó, su bulto era obvio bajo los shorts –un bulto enorme, duro como una puta roca, presionando la tela. Me guio adentro, su mano más baja esta vez, rozando mi culo a través de la gasa, y subimos las escaleras con mi corazón latiendo en la garganta. La habitación estaba igual, la mesa de masajes lista, pero el aire se sentía más cargado, como si el oxígeno se hubiera espesado con lo que íbamos a hacer.
"Quítate el vestido", dijo, cerrando la puerta, su voz baja y directa. No esperó; sus manos subieron a mis hombros, bajando los tirantes con lentitud, la gasa deslizándose por mi cuerpo hasta caer al suelo. Quedé en el tanga de cuero solo, tetas al aire, pezones duros y rosados, mi coño ya empapado haciendo que el cuero brillara. Él tragó saliva, ojos devorando mis curvas, y sentí su mirada como un toque físico, mi pussy contrayéndose. "Joder, Mariela, eres perfecta". Me indicó la mesa, y me subí facedown de nuevo, el almohadón bajo mis caderas elevando mi culo, el tanga hundiéndose entre mis nalgas, el cuero delgado separando mis labios pero rozando mi clítoris y ano con cada respiración. Vertió aceite, sus manos grandes cubriendo mi espalda, amasando con fuerza, pero esta vez no se contuvo tanto. Bajó a mis glúteos, dedos hundiendo en la carne, separando las nalgas ligeramente, rozando el cuero donde cubría mi ano. "Estás tan tensa aquí", murmuró, y un dedo trazó el borde del tanga, presionando contra el cuero justo sobre mi agujero, haciendo que me arqueara. No entró, pero joder, el roce era eléctrico, mi coño goteando alrededor del cuero, empapándolo todo.
Volteó, colocándome supina, y empezó por mis tetas esta vez, palmas circulares alrededor de ellas, pulgares rozando los pezones sin tocarlos del todo, círculos agonizantes que me tenían jadeando. Sus ojos estaban oscuros de deseo, y sentí su cuerpo más cerca, ese bulto enorme rozando mi muslo cuando se movió. Era enorme, joder, grueso y pulsante, presionando contra mí a través de la tela mientras masajeaba mis brazos, su cadera rozándome accidentalmente –o no– y el calor de su polla dura me hacía apretar los muslos. "Siente eso", susurró, moviéndose para que su erección se presionara contra mi cadera, dura como hierro, latiendo contra mi piel aceitada. No la saqué, no la toqué, pero el roce era una promesa, mi coño palpitando vacío, deseando que me follara ahí mismo.
Bajó a mis muslos, abriéndolos más, y esta vez sus dedos enganchengaron el tanga, empujándolo a un lado con lentitud. El cuero se deslizó, exponiendo mis labios hinchados, mi clítoris erecto y empapado, el ano guiñando bajo el aire fresco. "Dios, estás chorreando", dijo, su aliento caliente contra mi piel, y empezó a masajear el interior de mis muslos, pulgares rozando los labios exteriores, separándolos ligeramente sin penetrar. Cada pasada era fuego, sus dedos resbalando en mi humedad, círculos alrededor de mi clítoris que me tenían al borde, pero nunca dentro. Sentía su rabo duro presionando mi pierna ahora, moviéndose alrededor de mis dedos.
Daniel Dia 3
Podía sentir el pulso de mi coño todavía latiendo desde ayer, un eco sordo que me despertó con las sábanas pegadas a la piel. El sol se colaba por las persianas del hotel, pintando rayas de luz sobre mi cuerpo desnudo, y mientras me estiraba, el recuerdo de la polla de Daniel presionando contra mi cadera me hizo apretar los muslos. Joder, era gruesa, dura, latiendo como si estuviera viva, y aunque no la había tocado, el calor de ella se había quedado grabado en mi piel aceitada. Maykell me había mandado un mensaje anoche, después de que le contara cada detalle –el tanga empujado a un lado, sus pulgares separando mis labios hinchados sin entrar del todo, el roce de su aliento en mi clítoris–. "Sigue empujando, Mariela. Mañana, nada de barreras. Déjalo ver todo", había escrito, y su voz en mi cabeza, ronca y aprobadora, me tenía el estómago revuelto de anticipación.
Me levanté y busqué en mi maleta el vestido que había guardado para un momento como este: un modelo de malla elástica, blanco casi translúcido, que se ceñía al cuerpo como una segunda piel, tan fino que en la luz del día dejaba ver cada curva sin piedad. No me puse nada debajo –ni tanga, ni sostén, solo mi piel desnuda rozando la tela áspera. Me miré en el espejo del baño, girando para ver cómo el material se estiraba sobre mis tetas, delineando los pezones ya endurecidos por el roce, y bajando por mis caderas hasta rozar el inicio de mis nalgas. Si me inclinaba un poco, el contorno de mi coño se marcaba claro, los labios suaves presionando contra la malla, y mi ano un punto oscuro bajo la tela. Joder, era como ir envuelta en humo, todo visible pero no del todo, y el simple acto de moverme hacía que la tela frotara mi clítoris, enviando chispas directas a mi núcleo. Me sentía expuesta, vulnerable, pero eso solo avivaba el fuego; mi pussy ya empezaba a humedecerse, un chorro ligero filtrándose contra la malla.
Bajé al lobby con las piernas temblando un poco, el aire fresco del pasillo haciendo que mis pezones se pusieran como piedras, punzando contra el vestido. Afuera, el claxon del jeep sonó, y ahí estaba Daniel, apoyado contra la puerta del conductor, con una camiseta holgada y shorts sueltos que no ocultaban del todo el bulto que ya se insinuaba. Cuando me vio, su mirada se clavó en mí como un imán, bajando desde mis tetas hasta el triángulo entre mis piernas, donde la malla se pegaba ligeramente por la humedad creciente. "Mariela... mierda, ¿vienes así?", dijo, su voz baja y tensa, abriendo la puerta del copiloto con una mano que rozó mi cintura al pasar. Subí, el asiento de cuero caliente contra mis nalgas desnudas, y la tela del vestido se subió un poco, exponiendo el inicio de mi coño. Él se subió al volante, y en cuanto arrancó, su mano cayó casualmente en mi rodilla, dedos apretando la carne suave antes de subir un centímetro, rozando el borde de la malla. No dijo nada más, pero lo sentía: su respiración más pesada, el jeep zigzagueando un poco mientras intentaba no mirarme.
El trayecto fue una tortura lenta. Cada bache hacía que mis tetas rebotaran contra la tela, pezones frotando hasta doler de lo sensibles que estaban, y abajo, mi coño se contraía solo, empapando la malla hasta que sentí el asiento húmedo bajo mis nalgas. Daniel no apartaba los ojos de la carretera del todo; en un semáforo, su mirada bajó directo a mi entrepierna, donde la tela blanca ahora era casi transparente, mis labios hinchados delineados como una puta invitación. "No llevas nada debajo, ¿verdad?", murmuró, su mano subiendo más, pulgar trazando el borde interno de mi muslo hasta rozar el pliegue donde empezaba mi pussy. Asentí, mordiéndome el labio, y crucé las piernas un segundo, solo para sentir el roce de la malla contra mi clítoris, un gemido escapando antes de que pudiera pararlo. Él rió bajo, acelerando cuando cambió la luz, pero su mano se quedó ahí, caliente y pesada, un recordatorio de lo que vendría.
Aparcó en el hotel, pero esta vez no hubo paseo previo; el aire estaba cargado, como si ambos supiéramos que el límite se había movido. Bajó y me abrió la puerta, su cuerpo tan cerca que sentí el calor de su pecho contra mi brazo, y cuando salí, el vestido se pegó del todo a mi piel sudada, transparente bajo el sol, mis tetas y coño visibles como si estuviera desnuda. Gente en la entrada del hotel giró la cabeza –un par de turistas murmurando, un empleado con los ojos fijos–, pero Daniel no les prestó atención; me guio adentro con una mano en mi espalda baja, dedos rozando el inicio de mis nalgas a través de la malla. Subimos las escaleras en silencio, mi corazón martilleando, y cuando entramos en su habitación, el clic de la puerta sonó como un disparo.
La mesa de masajes estaba lista, con una sábana ligera encima, y el aire olía a aceite de coco y a él –sudor limpio, colonia sutil–. "Quítatelo", dijo, su voz ronca, sin preámbulos, y esta vez no esperó mi movimiento; sus manos subieron a mis hombros, enganchando la malla y bajándola despacio, la tela rasgando un poco al liberarse de mis pezones. El vestido cayó al suelo en un montón, dejándome completamente desnuda, tetas pesadas balanceándose, mi coño expuesto con los labios ya separados y brillantes de humedad. Él se quedó mirándome un segundo, tragando saliva, su bulto enorme tensando los shorts. "Joder, Mariela, eres... no hay palabras". Me indicó la mesa, y me subí facedown, el almohadón bajo mis caderas elevando mi culo, nalgas separadas ligeramente, mi ano y pussy al aire, el fresco de la habitación haciendo que todo se contrajera.
Vertió aceite en mi espalda, manos grandes extendiéndolo con presión firme, amasando los hombros y bajando por la columna hasta mis glúteos. Sus pulgares se hundieron en la carne de mis nalgas, separándolas un poco, rozando los bordes de mi ano sin entrar, y joder, el roce era directo, mi coño goteando aceite y jugos sobre la sábana. Pero entonces sentí movimiento; él se estaba quitando la camiseta, el sonido de tela cayendo, y abrí los ojos un segundo para ver su torso desnudo reflejado en un espejo al lado –músculos tensos, sudor brillando en su pecho–. Cerré los ojos de nuevo, concentrándome en las sensaciones, pero no pasó mucho antes de que sus shorts se deslizaran, el roce de tela contra el suelo. Ahora estaba desnudo, su cuerpo caliente cerca del mío, y sentí el primer roce: la cabeza de su polla, gruesa y pesada, presionando contra mi pantorrilla mientras masajeaba mis muslos.
Era enorme, joder, más grande de lo que imaginaba, la piel suave y venosa rozando mi piel aceitada. No la vi, pero la sentía –caliente, pulsante, curvada ligeramente hacia arriba, la piel del prepucio cubriendo la cabeza un poco, un rastro de humedad preeyaculatoria dejando una marca resbaladiza en mi pierna–. Él se movió, bajando las manos a mis pies, y su polla se deslizó por mi otra pantorrilla, pesada como un peso caliente, balanceándose con cada paso que daba alrededor de la mesa. Mantuve los ojos cerrados, el corazón acelerado, pero no dije nada; el roce era eléctrico, mi coño contrayéndose con cada contacto accidental –o no tan accidental–. Cuando me volteó para ponerme supina, su cuerpo se inclinó sobre mí, y sentí su polla rozar mi cadera, la curva de ella presionando contra mi hueso, dura y tensa, el prepucio deslizándose un poco con el movimiento.
Empezó por mis tetas, palmas cubriéndolas enteras, pulgares finalmente rozando los pezones directamente, pellizcándolos con precisión que me hizo arquear la espalda. Sus caderas se movieron más cerca, y ahora su polla descansaba contra mi abdomen, el peso de ella caliente sobre mi piel, latiendo con su pulso. Joder, era gruesa, el eje curvado presionando justo bajo mi ombligo, y mientras masajeaba mis brazos, se deslizó hacia arriba, la cabeza rozando el inicio de mis tetas. No la miré, ojos cerrados, pero la sentía en cada centímetro: venas prominentes bajo la piel suave, el prepucio retrayéndose ligeramente con cada roce, dejando un rastro húmedo en mi cuerpo. Mi pussy palpitaba, expuesta al aire, jugos goteando por mis nalgas hasta la sábana, y cuando él bajó a mis muslos, abriéndolos con manos firmes, su rabo se deslizó por mi muslo interno, rozando el pliegue donde empezaba mi coño.
"Ahí está", murmuró, su voz entrecortada, y sus dedos finalmente entraron en juego –no solo rozando, sino separando mis labios hinchados, un dedo medio hundiéndose en mi pussy con lentitud, curvándose para tocar ese punto que me hacía jadear. El aceite lo hacía resbaladizo, y entró fácil, mi coño chorreando alrededor de él, contrayéndose como si lo succionara. Pero no paró ahí; su pulgar presionó mi clítoris, círculos firmes, mientras otro dedo rozaba mi ano, untado en mis jugos, presionando la entrada sin forzar. Sentí su pene moviéndose de nuevo, deslizándose por mi muslo hasta rozar mi mano, que colgaba floja al lado de la mesa. Instintivamente, mis dedos se cerraron alrededor de ella –joder, era tan gruesa que apenas cabía en mi puño, la piel caliente y sedosa, el prepucio cubriendo la cabeza bulbosa, curvada hacia mí como si buscara mi toque.
No la solté. En cambio, apreté más, sintiendo el latido en mi palma, el eje grueso y venoso respondiendo al instante, endureciéndose aún más. Él gruñó, un sonido gutural, y su dedo en mi pussy se hundió más profundo, dos ahora, estirándome mientras su pulgar no paraba en mi clítoris. "Joder, Mariela, no pares", susurró, y yo no lo hice; mi mano subió y bajó despacio, retrayendo el prepucio para exponer la cabeza roja y brillante, preeyaculatoria goteando por mis nudillos. Era enorme, curvada como una hoz, la piel sin cortar oliendo
Daniel Dia 4
No pude dormir nada esa noche. El recuerdo de el pene de Daniel en mi mano me tenía el cuerpo encendido, como si aún la estuviera apretando. Joder, era tan gruesa que mis dedos apenas se encontraban alrededor del eje, la piel suave y caliente latiendo contra mi palma mientras el prepucio se retrasaba, exponiendo esa cabeza bulbosa y roja que goteaba preeyaculatoria por mis nudillos. Me había corrido dos veces solo tocándola, su dedo curvado dentro de mi coño golpeando ese punto que me hacía ver estrellas, pero no había sido suficiente. Me desperté sudada, las sábanas enredadas entre mis piernas, mi pussy palpitando con un vacío que no se llenaba. Maykell me mandó un mensaje al amanecer: "Cuéntame cómo termina hoy. Quiero saber si te la metes en la boca". Suena posesivo, pero joder, eso solo me ponía más caliente, imaginando su aprobación mientras me tragaba a Daniel entero.
Me duché rápido, el agua caliente golpeando mis tetas y haciendo que mis pezones se endurecieran al instante, pero no me sequé del todo. En su lugar, saqué el vestido de playa que había traído para días como este: una cosa minúscula de malla sheer, rosa pálido, tan fina que era como no llevar nada. Se ceñía a mi cuerpo como un velo, el material elástico estirándose sobre mis curvas sin ocultar una puta cosa. Me lo puse sin nada debajo, las tiras delgadas cruzando mi espalda y dejando mis nalgas casi al aire, el dobladillo apenas cubriendo el inicio de mi coño. Me miré en el espejo del hotel, girando para ver cómo la tela se pegaba a mis labios hinchados, delineándolos como si estuviera desnuda, y mis tetas se movían libres, pezones presionando contra la malla translúcida. Un paso y el roce contra mi clítoris me hizo gemir bajito; ya estaba húmeda, un chorrito filtrándose por mis muslos internos. Era ridículo pretender que esto era ropa –solo servía para que la gente mirara dos veces y yo sintiera el aire en mi piel expuesta.
Bajé al lobby con el estómago revuelto, el vestido ondeando con cada paso y rozando mi ano cada vez que me movía. El aire acondicionado del pasillo hacía que mis pezones dolieran de lo duros que estaban, y noté a un par de huéspedes en el ascensor echándome miradas rápidas, sus ojos bajando a donde la malla se pegaba a mi entrepierna. No dije nada, solo apreté los muslos para sentir el frotamiento, mi pussy contrayéndose con anticipación. Afuera, el jeep de Daniel rugió al encenderse, y ahí estaba él, con una camisa suelta desabotonada hasta el pecho y shorts que no disimulaban el bulto semierecto. Cuando me vio, se enderezó, su mirada clavándose en mis tetas primero, luego bajando por el vestido que no cubría nada. "Mariela, ¿vienes a joderme la cabeza otra vez?", dijo con esa voz grave, abriendo la puerta del copiloto. Su mano rozó mi cadera al pasar, dedos apretando la carne desnuda bajo la malla, y subí sintiendo el cuero del asiento pegarse a mis nalgas húmedas.
Arrancó sin decir más, pero su mano derecha cayó en mi rodilla casi de inmediato, pulgar trazando círculos lentos en mi piel mientras el jeep traqueteaba por la carretera costera. Cada bache hacía que mis tetas rebotaran, la malla frotando mis pezones hasta que ardían, y abajo, mi coño se empapaba más, la tela rosa ahora oscura y pegajosa entre mis labios. Él lo notó –joder, cómo no–, y su mano subió un poco, rozando el borde del vestido donde empezaba mi muslo interno. "Ese vestido es una puta broma", murmuró, ojos fijos en la carretera pero con la respiración más pesada. Apreté las piernas alrededor de su mano, sintiendo el calor de su palma contra mi piel, y un gemido se me escapó cuando sus dedos rozaron el pliegue húmedo. No entró, solo presionó lo suficiente para que sintiera la promesa, mi clítoris palpitando contra la malla. El trayecto se sintió eterno, mi cuerpo en llamas, recordando cómo su polla había latido en mi puño la noche anterior, gruesa y curvada, lista para más.
Llegamos al hotel y el sol pegaba fuerte, haciendo que la malla se volviera aún más transparente, mi piel brillando a través de ella como si estuviera desnuda en público. Daniel aparcó cerca de la entrada, y cuando bajé, el vestido se subió un poco, exponiendo el contorno completo de mi coño, labios separados y húmedos. Un grupo de locales cerca de la piscina giró la cabeza –un tipo con shorts ajustados se quedó con la boca entreabierta, una mujer a su lado susurrando algo–, pero Daniel me tomó del brazo y me guio adentro, su cuerpo bloqueando las miradas, aunque su mano en mi espalda baja rozaba el inicio de mis nalgas. Subimos las escaleras en silencio, mi corazón martilleando, y cuando la puerta de su habitación se cerró, el clic resonó como una invitación.
La mesa de masajes estaba preparada, con una toalla delgada encima y botellas de aceite alineadas. El aire olía a sal marina mezclada con su colonia, y él se giró hacia mí, quitándose la camisa sin prisa, revelando su pecho ancho y músculos tensos. "Quítatelo todo, Mariela. No hay tiempo para juegos hoy". Su voz era ronca, ojos clavados en mis tetas mientras enganchaba los dedos en la malla y la bajaba por mis hombros. La tela se deslizó fácil, pegada solo por el sudor y la humedad, liberando mis pezones con un roce que me hizo jadear. El vestido cayó a mis pies, dejándome desnuda, tetas pesadas balanceándose, mi coño expuesto con los labios ya hinchados y brillantes. Él tragó saliva, su bulto tensando los shorts, y me indicó la mesa. Me subí boca abajo, el almohadón bajo mis caderas elevando mi culo, nalgas separadas lo justo para que sintiera el aire fresco en mi ano y pussy.
Vertió aceite en mi espalda, manos grandes extendiéndolo con presión que me hacía gemir bajito, amasando los hombros y bajando por la columna hasta llegar a mis glúteos. Sus pulgares se hundieron en la carne, separando mis nalgas más esta vez, rozando los bordes de mi ano con la yema de los dedos, untados en aceite resbaladizo. Joder, el roce era directo, mi pussy contrayéndose y goteando jugos que se mezclaban con el aceite, chorreando por mis muslos. Sentí su cuerpo moverse, el sonido de sus shorts cayendo al suelo, y luego el primer contacto: la cabeza de su polla presionando contra mi pantorrilla, gruesa y pesada, la piel suave rozando mi piel aceitada mientras masajeaba mis pies. Era más dura que ayer, latiendo con fuerza, curvada hacia arriba como si buscara mi cuerpo, y un rastro de preeyaculatoria dejó una marca húmeda en mi pierna.
No dije nada, ojos cerrados, concentrándome en cada sensación –el peso de su dick balanceándose contra mi otra pantorrilla cuando se movió alrededor de la mesa, venas prominentes pulsando contra mi piel. Mi coño palpitaba, vacío y desesperado, recordando cómo lo había apretado ayer, el prepucio retrayéndose bajo mis dedos. Él gruñó bajito, manos subiendo por mis muslos, pulgares presionando el interior hasta rozar mis labios hinchados sin entrar. "Estás chorreando, Mariela. ¿Todo el camino pensando en esto?". Asentí contra la mesa, mordiéndome el labio, y cuando me volteó para ponerme boca arriba, su cuerpo se inclinó sobre mí, su polla deslizándose por mi cadera, el eje grueso presionando contra mi hueso, caliente y tensa.
Empezó por mis tetas, palmas cubriéndolas y amasando con fuerza, pulgares pellizcando mis pezones hasta que dolió de lo bueno que era, mi espalda arqueándose. Sus caderas se acercaron más, y ahora su rabo descansaba sobre mi abdomen, el peso de ella latiendo contra mi piel, curvada justo bajo mi ombligo. Joder, era enorme, la cabeza bulbosa rozando el inicio de mis tetas con cada movimiento, preeyaculatoria goteando y dejando rastros resbaladizos. No la miré, pero la sentía en cada centímetro: piel sedosa sobre venas gruesas, el prepucio cubriéndola a medias, endureciéndose más con mi respiración agitada. Bajó a mis muslos, abriéndolos con manos firmes, y su polla se deslizó por mi muslo interno, la curva rozando el pliegue donde empezaba mi coño, tan cerca que sentí el calor de la cabeza contra mis labios.
"Muévete un poco", murmuró, su voz entrecortada, y cuando lo hice, su dick se posicionó justo al lado de mi mano colgante. Esta vez no esperé; mis dedos se cerraron alrededor de ella, apretando el eje grueso que apenas cabía en mi puño, sintiendo el latido acelerado. Él jadeó, y sus dedos finalmente entraron en acción –separando mis labios con dos de ellos, hundiéndose en mi pussy con lentitud, curvándose para tocar ese punto profundo que me hacía temblar. El aceite lo hacía fácil, mi coño chorreando alrededor de sus nudillos, contrayéndose como si lo succionara. Pero no paró; su pulgar presionó mi clítoris, círculos rápidos y firmes, mientras otro dedo rozaba mi ano, untado en mis jugos, presionando la entrada con más insistencia, la punta entrando un centímetro y haciendo que mi culo se contrajera.
No pude contenerme. Solté su rabo un segundo para empujarme hacia arriba, mi boca abriéndose desesperada hacia ella. "Quiero chupártela", jadeé, y él no se opuso –al contrario, se movió para que la cabeza rozara mis labios, gruesa y salada con preeyaculatoria. La tomé en mi boca de inmediato, labios estirándose alrededor del prepucio, lengua lamiendo la parte inferior mientras succionaba, saboreando el gusto limpio y salado de su piel. Joder, era tan grande que apenas cabía, la curva obligándome a inclinar la cabeza, pero lamí el eje de arriba abajo, retrayendo el prepucio con los labios para exponer la cabeza roja y sensible, chupándola con fuerza hasta que gruñó y empujó sus caderas. Mis manos agarraron sus muslos, uñas clavándose, mientras mi boca subía y bajaba, saliva goteando por el eje y mezclándose con el aceite de mi cuerpo.
Él no se quedó quieto; sus dedos en mi pussy se hundieron más profundo, tres ahora, estirándome con un ritmo. No podia parar de tragar, mi boca estirada al límite alrededor del rabo de Daniel mientras sus dedos me tocaba la vagina con un ritmo que me tenía al borde. Tres de ellos ahora, gruesos y resbaladizos por el aceite y mis jugos, curvándose dentro de mí para presionar ese punto que me hacía apretar los dientes contra su eje. La cabeza de su dick golpeaba el fondo de mi garganta con cada embestida de sus caderas, el prepucio retrayéndose completamente para que pudiera lamer la piel sensible debajo, salada y caliente. Goteaba saliva por la barbilla, mezclándose con el preeyaculatorio que se escapaba de su punta, y cada vez que succionaba más fuerte, él gruñía y empujaba sus dedos más profundo en mi pussy, el pulgar frotando mi clítoris en círculos que me hacían temblar. Mi ano aún sentía el roce de su dedo índice, presionando la entrada aceitada sin entrar del todo, solo lo suficiente para que mi culo se contrajera y enviara ondas de placer directo a mi coño.
"Joder, Mariela, tu boca es una puta adicción", jadeó él, su voz ronca mientras sus caderas se movían más rápido, follando mi cara con control pero con urgencia. Yo no respondía, solo gemía alrededor de su polla, la vibración haciendo que su eje latiera contra mi lengua. Mis tetas rebotaban con cada movimiento, pezones duros rozando el borde de la mesa de masajes, y abajo, mi pussy chorreaba tanto que el aceite se acumulaba en un charco bajo mis nalgas. Sentí el orgasmo construyéndose, un nudo apretado en mi vientre, y cuando su dedo finalmente se hundió un poco más en mi ano –solo la primera falange, resbaladiza y firme–, exploté. Mi cuerpo se tensó, coño contrayéndose alrededor de sus dedos como un puño, jugos salpicando sus nudillos mientras gemía alto contra su dick. Él no paró, solo aceleró, y segundos después, su polla se hinchó en mi boca, la cabeza pulsando antes de que chorros calientes de semen me llenaran la garganta. Tragué lo que pude, el resto goteando por las comisuras de mis labios, salado y espeso, mientras él jadeaba y sacaba sus dedos de mí con un sonido húmedo.
Me dejó ahí, temblando en la mesa, su polla saliendo de mi boca con un pop resbaladizo, aún semi-dura y brillando con mi saliva. Se inclinó para besarme el cuello, un roce rápido de labios, y murmuró algo sobre cómo era la mejor clienta que había tenido. Me vestí con piernas flojas, el vestido de malla pegándose a mi piel sudorosa y manchada, y salí de su habitación con el sabor de él todavía en la lengua. El trayecto de vuelta en el jeep fue silencioso, su mano en mi muslo de nuevo, pero esta vez solo un toque posesivo, como si supiera que volvería por más.
Daniel Ultima Noche
Esa noche, en mi cama de hotel, no para a de pensar. El agotamiento me pegaba los ojos, pero mi mente no paraba de reproducir el día: la forma en que su polla había llenado mi boca, el estiramiento de mis labios alrededor de esa curva gruesa, el semen caliente deslizándose por mi garganta. Me toqué un par de veces, dedos hundidos en mi pussy aún sensible, imaginando que era él follándome de verdad, pero cada orgasmo solo me dejó más vacía. Finalmente, el sueño me atrapó, y soñé con la última sesión, la de mañana, la que cerraría esta semana de masajes que se habían convertido en algo mucho más sucio.
En el sueño, estaba de nuevo en el jeep de Daniel, pero esta vez la carretera costera se extendía infinita bajo un cielo estrellado, el océano rugiendo a un lado como si me susurrara secretos. Él me miraba de reojo, su mano no en mi rodilla sino directamente entre mis piernas, dedos presionando la malla del vestido contra mi coño sin piedad. "Última vez, Mariela. ¿Vas a dejar que te folle por fin?", dijo con esa voz grave que me erizaba la piel. Quería decir que sí, joder, mi cuerpo gritaba por sentir esa polla gruesa partiéndome en dos, curvándose dentro de mi pussy hasta tocar fondo. Pero una parte de mí se retorcía, un nudo de culpa en el estómago. Maykell y Ricardo aparecían de repente en el asiento trasero, como fantasmas en el espejo retrovisor, sus voces mezclándose con el viento.
"Es okay, nena", murmuraba Maykell, su tono posesivo pero alentador, como cuando me mandaba mensajes diciéndome que le contara todo. "Entregate. Quiero los detalles después, cómo te estira el hasta que grites". Ricardo se inclinaba más cerca, su aliento caliente en mi oreja, ojos fijos en el bulto de Daniel en los shorts. "Sabes que lo quieres. Siempre lo has querido. Sigues diciendo no, tenemos que parar, pero me mandas fotos a todas horas –tus tetas apretadas contra el espejo del baño, tu labios depilado brillando bajo la luz del sol que entrance por tu ventana, tus nalgas en el aire en tu cama. Me dejas contarte lo que quiero hacerte: atarte las manos y lamerte el ano hasta que supliques, follarte la boca mientras Maykell te come el pussy. Y luego dices no, no podemos. Como si eso cambiara el hecho de que ya te has corrido un millón de veces tocándote con la idea. Date permiso, Mariela. Déjalo entrar".
En el sueño, sus palabras me quemaban, mi coño palpitando con una mezcla de excitación y pánico. Daniel aparcaba el jeep en una playa desierta, la arena cálida bajo mis pies descalzos mientras él me quitaba el vestido, sus manos grandes cubriendo mis tetas y pellizcando los pezones hasta que dolían. Me tumbaba en una manta improvisada, piernas abiertas al cielo nocturno, y su polla rozaba mi entrada, la cabeza bulbosa presionando mis labios hinchados sin entrar. "Dime que sí", gruñía él, y yo quería, joder, quería arquearme y tomarlo todo, sentirlo latir dentro de mí mientras el océano lamía la orilla como una lengua. Pero la culpa me frenaba, un eco de "esto está mal" revolviéndose en mi pecho, incluso mientras Ricardo y Maykell aplaudían desde la oscuridad, sus voces urgiéndome: "Córrete con él. Es lo que necesitas". Me desperté jadeando, sábanas empapadas entre mis muslos, mi pussy contrayéndose alrededor de nada, el sueño dejando un residuo de deseo culpable que no se iba.
Al día siguiente, el sol entraba a raudales por las cortinas del hotel, pero yo me sentía como si hubiera corrido una maratón emocional. Excitada, sí –mi clítoris palpitaba solo con recordar el sueño, la forma en que el pene de Daniel había rozado mi entrada–, pero también asustada, como si cruzar esa línea final lo cambiara todo. Desesperada por lo que pasaría esa noche, porque sería la última sesión, y Daniel me había dicho que me recogería al atardecer para cenar primero, algo casual en un restaurante playero antes de llevarme a su habitación para el masaje en el balcón, con vistas al mar bajo la luna llena. Maykell me había mandado un mensaje al mediodía: "Última ronda. Haz lo que sientas, pero cuéntamelo todo. Quiero que hagas lo que tu quieras". Ricardo en MIs pensamientos, más directo, había agregado una foto suya con el pantalón bajado, su dick dura en la mano: "Piensa en mí mientras lo tocas. O mejor, en nosotros tres". Joder, eso solo me ponía más caliente, la idea de confesarles después, de revivirlo en mensajes sucios.
Me pasé la tarde debatiendo qué ponerme, el armario del hotel revuelto como mi cabeza. Nada demasiado inocente –esto no era una cita normal–, pero tenía que ser algo que lo volviera loco sin darlo todo de una. Saqué un top halter de lino blanco, fino como una segunda piel, que se ataba detrás del cuello y dejaba mi espalda casi completamente expuesta, el escote cayendo bajo para que mis tetas se asomaran con cada movimiento. Sin sostén, por supuesto; quería sentir el roce del tejido contra mis pezones, endureciéndolos al instante. Para abajo, una falda midi de algodón ligero, con una raja alta en el muslo que se abría con cada paso, revelando piel hasta la cadera. Nada de bragas –el aire libre contra mi coño me mantenía húmeda, un recordatorio constante de lo que vendría. Me miré en el espejo, girando para ver cómo la falda se pegaba a mis nalgas cuando me inclinaba, el contorno de mis labios delineado si la luz daba bien. Un toque de perfume en el cuello y entre los pechos, y estaba lista, el estómago revolviéndose con nervios y anticipación. ¿Lo dejaría follarme esta vez? El sueño aún resonaba, Ricardo susurrando que ya me había corrido millones de veces imaginándolo, Maykell aprobando cada paso. Quizás era hora de dejar de fingir.
El sol se ponía cuando bajé al lobby, el aire cálido de la tarde envolviéndome como una caricia. Daniel esperaba junto al jeep, cambiado a una camisa de lino azul que se ceñía a sus hombros anchos, pantalones caqui que no ocultaban el bulto familiar en su entrepierna. Sus ojos se clavaron en mí de inmediato, bajando por el escote del top hasta la raja de la falda, y una sonrisa lenta se extendió por su cara. "Mariela, vas a hacer que la cena sea imposible de disfrutar", dijo, voz baja y cargada, abriendo la puerta para mí. Su mano rozó mi cintura al pasar, pulgar presionando la piel desnuda bajo el top, y subí al asiento con un escalofrío, la falda subiéndose lo justo para exponer el inicio de mi muslo interno, sin bragas de por medio.
El trayecto al restaurante fue una tortura lenta, el jeep traqueteando por caminos secundarios con vistas al mar que se teñía de naranja y púrpura. Su mano cayó en mi rodilla casi de inmediato, como siempre, pero esta vez subió más alto, dedos trazando la raja de la falda hasta rozar el pliegue donde mi piel se volvía sensible. No entró, solo presionó lo suficiente para que sintiera el calor de su palma contra mis labios hinchados, ya húmedos por el roce del asiento de cuero. "Estás sin nada debajo, ¿verdad?", murmuró, ojos en la carretera pero con la respiración entrecortada. Asentí, mordiéndome el labio, y apreté los muslos alrededor de su mano, un gemido escapando cuando su pulgar rozó mi clítoris por accidente –o no–. Mi pussy palpitaba, recordando el sueño, la culpa mezclada con el deseo de que me follara ahí mismo, en el jeep, con el mar salpicando contra las rocas como si estuviera cabreado por no poder unirse a la fiesta. No entró de inmediato, solo dejó que su pulgar presionara más firme contra mi clítoris, frotando en círculos lentos que me hacían apretar los dientes para no gemir en voz alta. Joder, estaba empapada, el cuero del asiento pegándose a mis nalgas desnudas cada vez que el jeep daba un bote. Mi pussy palpitaba, rogando por más, pero Daniel solo sonrió de lado, retirando la mano justo cuando pensé que me iba a correr ahí mismo.
"Comida primero", dijo, como si leyera mi mente, acelerando un poco para que el viento me azotara la falda y expusiera más de lo que ya estaba dejando ver. Asentí, jadeando, y crucé las piernas para calmar el calor entre ellas, pero solo sirvió para que mis labios se rozaran y me recordara lo vacío que se sentía todo sin algo dentro.
El restaurante era uno de esos sitios improvisados en la playa, mesas de madera astillada bajo un techo de palmeras entretejidas, con el humo de la parrilla mezclándose al olor salino del océano. Nos sentaron en una esquina apartada, cerca del borde donde las olas rompían lo suficientemente cerca como para salpicar mis pies descalzos si me inclinaba. Daniel pidió mariscos y una botella de ron local, pero yo apenas presté atención al menú; mis ojos seguían bajando a su entrepierna, donde el bulto de su dick se marcaba contra los pantalones caqui, recordándome el sueño de anoche y cómo había rozado mi entrada sin entrar.
Nos sentaron tan cerca que nuestras sillas se tocaban, y desde el primer bocado, no paró de rozarme. Su rodilla presionaba la mía bajo la mesa, subiendo hasta que su muslo se pegaba al mío, el calor de su piel filtrándose a través de la falda. Comí un trozo de langosta, el jugo chorreando por mi barbilla, y él se inclinó para limpiármelo con el pulgar, metiéndomelo después en la boca para que lo chupara. "Buena chica", murmuró, y joder, eso solo me puso más caliente, mi lengua girando alrededor de su dedo como si fuera la cabeza de su polla.
Durante la cena, no dejó de tocarme. Su mano subió por mi espalda expuesta, trazando la curva de mi columna hasta enredarse en mi pelo, tirando suavemente para inclinar mi cabeza hacia él y besarme el hombro. Cada roce era eléctrico; sus dedos jugaban con los mechones sueltos, enredándolos y soltándolos, mientras su otra mano se colaba bajo la mesa para apretar mi muslo, abriendo la raja de la falda lo justo para rozar el pliegue interno de mi pierna. Yo me movía en la silla, restregándome contra su toque, mi coño goteando tanto que sentía el asiento húmedo debajo de mí. Quería saltarme el postre, arrastrarlo al jeep y montarlo hasta que me llenara, pero él solo sonreía, sirviéndome más ron y comentando lo jodidamente sexy que me veía con el top pegado a mis tetas, los pezones endurecidos asomando como si pidieran atención.
"¿Qué quieres de postre, Mariela?", preguntó en un momento, su aliento caliente contra mi oreja mientras fingía oler mi perfume. Le di un sorbo al ron, el líquido quemándome la garganta, y respondí bajito: "A ti. Todo de ti". Él rio, bajo y ronco, y su mano subió más, dedos rozando el borde de mis labios hinchados sin entrar, solo presionando lo suficiente para que supiera que estaba lista. La cena se estiró como una tortura, cada bocado una excusa para que nuestros cuerpos se chocaran –mi codo contra su brazo, mi pie deslizándose por su pantorrilla–, pero por fin pagó la cuenta y me levantó de la silla, su mano en la curva de mi cintura, guiándome hacia el jeep con un apretón que prometía más.
El camino de vuelta al hotel fue peor que el de ida. No dijo nada, solo condujo con una mano en el volante y la otra de nuevo en mi pierna, esta vez sin barreras. Yo no pude aguantar; agarré su muñeca y tiré de su mano hacia arriba, abriendo mis muslos para que sus dedos sintieran la verdad: nada de bragas, solo mi pussy resbaladiza y abierta, los labios separándose alrededor de su pulgar como si lo invitaran. "Joder, estás chorreando", gruñó, deslizando dos dedos dentro de mí sin aviso, curvándolos para presionar ese punto que me hacía arquear la espalda contra el asiento. Mi cuerpo se tensó, caderas empujando contra su mano, tan desesperada que gemí su nombre, el jeep traqueteando con mis movimientos. Estaba tan mojada que sus dedos entraban y salían con un sonido húmedo, el aceite de mi excitación cubriéndole la piel hasta la muñeca. Quería correrme, joder, quería apretar sus dedos y rociar el salpicadero, pero él los sacó justo cuando el orgasmo empezaba a construirse, lamiéndoselos con una mirada que me dejó temblando. "Cena primero, ¿recuerdas? Ahora, el masaje".
Llegamos al hotel con el cielo ya oscuro, la luna llena colgando baja sobre el mar como un faro pervertido. Daniel me llevó directamente a su habitación en la planta alta, una suite con balcón que daba a la playa desierta, el sonido de las olas un rugido constante que ahogaba todo lo demás. La habitación olía a sal y a algo más terroso, como si el viento hubiera traído el aroma de cuerpos sudados de la arena abajo. No perdimos tiempo con luces o charlas; él me tomó de la mano y me sacó al balcón, el aire nocturno fresco contra mi piel caliente, haciendo que mis pezones se endurecieran aún más bajo el top.
Se colocó detrás de mí, su pecho pegándose a mi espalda, y sentí su aliento en mi cuello mientras sus manos bajaban por mis brazos, deteniéndose en los lazos del top. "Última vez, Mariela. Vamos a hacer que cuente", murmuró, desatando el nudo detrás de mi cuello con dedos lentos, deliberados. El top cayó, exponiendo mis tetas al aire salino, y él inclinó mi cabeza hacia un lado con una mano en mi mandíbula, besándome el cuello desde atrás –labios suaves al principio, luego mordiendo la piel sensible bajo la oreja, chupando hasta que un moretón empezaría a formarse. Su otra mano bajó el top del todo, pero se detuvo en mis pechos, cubriéndolos con sus palmas grandes, pulgares rozando los pezones que se tensaron al instante, endureciéndose como piedrecitas bajo su toque.
Mi cuerpo se arqueó contra él sin pensarlo, la espalda curvándose para presionar mis nalgas contra el bulto enorme en sus pantalones. Joder, era tan grueso, latiendo a través de la tela, y yo me restregaba contra él, sintiendo la curva de su dick presionar justo en el surco de mi culo. Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando los pezones con fuerza suficiente para que doliera un poco, enviando descargas directas a mi pussy que ya goteaba por mis muslos. Gemí, empujando hacia atrás más fuerte, y él gruñó contra mi cuello, su boca dejando un rastro de besos húmedos por mi hombro mientras bajaba la falda. La tela se deslizó por mis caderas, cayendo en un montón a mis pies, dejándome completamente desnuda en el balcón, el viento lamiendo mi piel expuesta como una lengua invisible.
No me importaba si alguien nos veía desde la playa; el riesgo solo me ponía más cachonda, mi coño contrayéndose vacío mientras me inclinaba hacia adelante, apoyando las manos en la barandilla de madera áspera. Daniel se pegó más, su dick ahora presionando directamente contra mis nalgas desnudas a través de sus pantalones, y alcancé atrás con una mano, tirando de la cintura de sus shorts hacia abajo. Se los bajé lo justo para liberar su polla, esa cosa gruesa y sin circuncidar que saltó libre, caliente y pesada contra mi piel. La piel del prepucio se retrajo un poco al rozar mis nalgas, y yo separé las piernas, arqueando la espalda para que su eje se deslizara entre mis cachetes abiertos, como si mi culo lo estuviera follando desde atrás.
Usé mis nalgas para apretarlo, subiendo y bajando lentamente, sintiendo cómo la piel de su dick se movía con cada roce –el prepucio deslizándose hacia adelante y atrás sobre la cabeza bulbosa, lubricado por el preeyaculatorio que ya goteaba de la punta. Era resbaladizo, caliente, y yo empujaba contra él con movimientos deliberados, mis nalgas envolviéndolo como una mano apretada, el surco de mi culo masajeando cada centímetro de su longitud. Él jadeaba contra mi cuello, manos volviendo a mis tetas para apretarlas mientras follaba el espacio entre mis cachetes, la cabeza de su polla rozando la base de mi columna y luego bajando hasta presionar justo contra mi ano, sin entrar, solo amenazando con hacerlo. "Joder, Mariela, tu culo me está matando", gruñó, sus caderas empujando más rápido, el sonido húmedo de su piel contra la mía mezclándose con las olas abajo.
Me movía con él, restregando mis nalgas arriba y abajo, sintiendo cómo su dick latía entre ellas, la piel sensible del prepucio estirándose con cada pasada. Mi pussy chorreaba, jugos corriendo por mis muslos internos, y alcé una mano para tocarme, dedos deslizándose entre mis labios para frotar el clítoris hinchado. Pero él me detuvo, agarrando mi muñeca y guiándola atrás para que sintiera su polla –caliente, venosa, palpitando contra mi palma mientras seguía moviéndose entre mis cachetes. "No todavía. Quiero que sientas esto primero", dijo, y joder, lo sentía: cada vena, cada pulso, la forma en que el prepucio se arrugaba y alisaba con el roce de mi piel aceitada por el sudor y su pre.
El balcón se sentía como un escenario privado, la luna iluminando nuestras sombras alargadas sobre el piso de baldosas, y yo gemía bajito, empujando hacia atrás para que su dick presionara más contra mi ano, el anillo contrayéndose alrededor de la punta sin dejarlo entrar. Él mordió mi hombro, fuerte, y aceleró el ritmo, sus bolas golpeando mis muslos con cada embestida entre mis nalgas. Estaba cerca, lo sentía en cómo su eje se hinchaba, el pre goteando y lubricando el camino, haciendo que el deslizamiento fuera más suave, más sucio. Yo quería que se corriera así, chorros calientes salpicando mi espalda y cayendo entre mis cachetes, pero una parte de mí rogaba por más –por que me girara y me follara
La luna se colaba por el balcón como un chismoso, iluminando el desastre de aceite y sudor que éramos Daniel y yo sobre esa mesa de masajes. Mi cuerpo aún temblaba de los orgasmos que me había arrancado sin siquiera follarme, la pussy abierta y palpitante, rogando por algo más que roces y promesas. Él se inclinó sobre mí, su dick curvado presionando mi muslo, grueso y listo, goteando pre que dejaba un rastro resbaladizo en mi piel. "Ahora que sabes que tenemos toda la noche, Mariela", murmuró, su voz ronca rozando mi oreja como si ya estuviera dentro de mí, "qué quieres. Dime".
No respondí con palabras. Me volteé en la mesa, el aceite haciendo que mi piel se deslizara fácil, y levanté una pierna, doblándola contra mi pecho para que mi culo se arqueara hacia arriba, exponiendo todo bajo la luz plateada. Mi pussy se abrió sola, labios hinchados y relucientes, el ano contrayéndose al aire fresco que subía desde las olas. Agarré su dick con una mano, sintiendo el calor venoso en mi palma, el prepucio retrayéndose un poco bajo mi agarre mientras lo tiraba hacia mí, guiándolo directo a mi entrada. "A ti", jadeé, y él no dudó –se subió a la mesa conmigo, su peso hundiéndola un poco, el balcón crujiendo bajo nosotros como si el mar abajo aprobara el jodido espectáculo.
"Daniel, por favor, ve lento", le pedí, mi voz entrecortada mientras alineaba la cabeza de su rabo con mis labios, sintiendo cómo se separaban alrededor de la punta sin entrar aún. "Quiero recordar y sentir cada movimiento". Él asintió, ojos fijos en donde nos uníamos, y empujó despacio, solo la cabeza primero, estirándome con esa curva que la hacía encajar justo en mi interior. Joder, era gruesa, abriéndome centímetro a centímetro, y mi cuerpo se arqueó solo, caderas subiendo para encontrarlo, montando la punta como si quisiera devorarlo entero.
El primer orgasmo me golpeó cuando apenas había entrado la mitad, mi pussy contrayéndose alrededor de su eje, apretándolo como un puño mientras jugos calientes salían y corrían por sus bolas. Gemí alto, el sonido rebotando en el balcón vacío, y él se quedó quieto, dejándome sentir cada vena pulsando contra mis paredes, la forma en que su girth me llenaba hasta el límite. Me moví yo entonces, bajando despacio por los nueve pulgadas, sintiendo cómo la curva rozaba ese punto dentro que me hacía ver estrellas, luego empujando hacia atrás hasta que mi culo chocó contra su pelvis, todo él enterrado. Mi cuerpo explotaba en la base, cuando estaba profundo, abriéndome del todo, y alcé las caderas para subir de nuevo, cabalgando su dick desde la punta hasta el fondo, cada movimiento un thrust completo que me tenía jadeando.
No se movía mucho al principio, solo me dejaba usarlo, sus manos en mis caderas guiándome mientras yo controlaba el ritmo. Subía lenta, sintiendo cómo mi pussy se cerraba alrededor de la cabeza, luego bajaba con fuerza, el impacto haciendo que mis tetas rebotaran y mi ano se contrajera vacío. Quería más profundidad, joder, quería que me partiera, pero él se mantenía ahí, sosteniéndose en la base, dejándome hacer el trabajo. Cada vez que llegaba al fondo, mi cuerpo se tensaba, un clímax pequeño estallando y extendiéndose por mí, pussy chorreando alrededor de su eje, lubricándolo más. Alcé una mano atrás, tirando de sus dedos hacia mi culo, y él entendió –deslizó uno en mi ano sin aviso, el dedo grueso estirando el anillo mientras yo empujaba hacia atrás, follándome en ambos agujeros al mismo tiempo.
"Fuck, Mariela, estás apretando tanto", gruñó, curvando el dedo dentro de mí, rozando la pared que separaba su dick de su dedo, haciendo que todo se sintiera conectado. Yo aceleré, subiendo y bajando por su longitud entera, el sonido húmedo de mi pussy tragándoselo mezclándose con el chapoteo de las olas abajo. Mi segundo orgasmo fue más fuerte, cuerpo arqueándose como un puente, tetas apuntando al cielo mientras chorros calientes salpicaban su abdomen, mi ano apretando su dedo hasta que lo sacó y metió dos, estirándome más, el aceite viejo haciendo que entraran fácil.
Nos corrimos de esa forma un rato, yo montándolo desde abajo, el balcón oliendo a sexo y sal, pero pronto quise cambiar. Lo empujé hacia atrás, saliendo de mí con un pop húmedo que dejó mi pussy vacía y goteando, y me giré para ponerme encima. Él se recostó en la mesa, dick apuntando recto como una puta lanza, y yo me subí a horcajadas, guiándolo de nuevo dentro con una mano. Esta vez no fui lenta –bajé de golpe, sintiendo cómo me abría del todo, la curva golpeando profundo mientras mis nalgas se aplastaban contra sus muslos. Gemí, manos en su pecho para equilibrarme, y empecé a cabalgar, caderas girando en círculos que frotaban mi clítoris contra su pubis.
Sus manos subieron a mis tetas, pellizcando los pezones duros mientras yo rebotaba, cada bajada haciendo que su dick rozara cada rincón dentro, venas masajeando mis paredes como si supieran exactamente dónde presionar. "Más rápido", jadeé, y él thrustió arriba para encontrarse conmigo, el impacto enviando ondas por mi espina. Mi culo se movía solo, contrayéndose alrededor de nada, y él lo notó –una mano bajó para palmear una nalga, separándola para deslizar un dedo de nuevo en mi ano, follándome ahí al ritmo de mis rebotes. Joder, era demasiado; mi tercer clímax me dobló, pussy apretando su eje mientras yo seguía moviéndome, ordeñándolo sin parar, jugos chorreando por sus bolas hasta empapar la mesa.
Pero no paramos ahí. Daniel me levantó como si no pesara, saliendo de mí y girándome para ponerme de rodillas en la barandilla del balcón, mis tetas colgando sobre el borde, el viento lamiendo mis pezones mientras él se colocaba atrás. Su dick rozó mis nalgas primero, deslizándose entre ellas como antes, lubricado por mis fluidos, antes de alinearse con mi pussy y empujar de una. Entró fácil esta vez, todo el camino, y yo empujé hacia atrás, queriendo que me follara duro contra la madera áspera. Él lo hizo, caderas chocando con las mías, bolas golpeando mi clítoris con cada embestida, su dedo volviendo a mi culo para unirse a la fiesta, dos ahora, estirándome mientras su dick me llenaba la pussy.
"Fóllame más profundo", gruñí, y él obedeció, una mano en mi pelo tirando mi cabeza hacia atrás para arquearme más, exponiendo mi cuello a sus mordiscos. Cada thrust era brutal pero controlado, su girth abriéndome, la curva golpeando ese punto que me tenía al borde constante. Me corrí de nuevo, cuerpo temblando contra la barandilla, pussy contrayéndose y rociando sus muslos, pero él no paró –siguió follándome, cambiando el ángulo para que su pulgar rozara mi clítoris desde atrás, prolongando el orgasmo hasta que grité su nombre al mar.
Nos movimos por el balcón como animales, probando cada posición que se nos ocurría bajo la luna que no paraba de mirar. Me puso de lado contra la pared, una pierna levantada sobre su antebrazo mientras me penetraba lento al principio, luego rápido, su dick saliendo casi del todo antes de enterrarse, haciendo que mis paredes se cerraran alrededor de la cabeza cada vez. Yo lo arañaba, uñas en su espalda, sintiendo cómo sudaba contra mí, el olor de su excitación mezclándose con el jazmín quemado de la lámpara. Otro orgasmo me sacudió ahí, mi ano contrayéndose cuando él deslizó tres dedos dentro, follándome en ambos agujeros hasta que chorros calientes salpicaron el piso de baldosas.
Luego me llevó al suelo, el fresco de las losas contra mi espalda mientras él se arrodillaba entre mis piernas abiertas, dick entrando de nuevo con un thrust que me levantó las caderas. Esta vez fue oral mezclado –bajó la cabeza entre thrusts, lengua lamiendo mi clítoris mientras su eje me follaba, chupando mis jugos directamente de la fuente. Gemí, manos en su pelo tirando, y cuando me corrí, rocié su cara, pussy palpitando alrededor de su dick que no paraba de moverse. Él gruñó, lamiendo todo, y se enderezó para follarme más duro, sus bolas apretando contra mi culo.
Horas después, el cielo empezaba a aclararse un poco, pero seguíamos. Encontré el sombrero que había usado para las fotos antes –ese fedora ancho que me hacía sentir como una turista cachonda–, y me lo puse mientras lo montaba en cowgirl, de pie sobre él en el centro del balcón. El sombrero se ladeaba con cada rebote, mis tetas saltando libres, y él reía, manos en mis nalgas separándolas para meter un dedo en mi ano mientras yo cabalgaba su dick entero, subiendo hasta la punta y bajando hasta que mi cuerpo chocaba contra el suyo. "Joder, con ese sombrero pareces salida de una película sucia", dijo, y yo aceleré, pussy apretándolo, queriendo ordeñarlo hasta el final.
Probamos anal entonces, lento al principio –me puse a cuatro patas, culo en alto, y él vertió más aceite, frotando la cabeza de su dick contra mi ano hasta que se abrió alrededor de él. Entró centímetro a centímetro, estirándome con esa curva que lo hacía sentir aún más grueso, y yo gemí, una mano bajando a mi pussy para frotarme mientras él empujaba. Fue intenso, su girth llenándome el culo, venas pulsando contra el anillo apretado, y cuando estuvo todo dentro, me folló despacio, saliendo casi del todo antes de volver a hundirse. Mi clítoris palpitaba bajo mis dedos, y me corrí así, ano contrayéndose alrededor de su dick, haciendo que él gruñera y acelerara.
Cambiamos a misionero con mis piernas sobre sus hombros, él follándome la pussy de nuevo, profundo y rápido, el sombrero aún en mi cabeza ladeado como una corona ridícula. Sus thrusts me tenían gritando, cada uno golpeando mi cervix, y cuando sentí que se hinchaba, lo apreté más, queriendo su corrida dentro. "Córrete, Daniel, lléname", jadeé, y él lo hizo –un gruñido gutural mientras chorros calientes inundaban mi pussy, su dick latiendo dentro, semen goteando fuera con cada pulso. Me corrí con él, cuerpo convulsionando, mixing nuestros fluidos.
Daniel la Despedida
El sol ya picaba en el horizonte cuando Daniel finalmente me bajó de sus hombros, su dick saliendo de mi pussy con un sonido húmedo que hizo eco en el balcón vacío. Mis piernas temblaban como gelatina, el semen de él goteando por mis muslos mezclándose con mis propios jugos, y el aire salado del mar me enfriaba la piel empapada. Él me sostuvo un segundo, besando mi hombro con una risa baja, como si supiéramos que esto no era el final, solo una pausa antes de la próxima ronda. "Vamos, Mariela, no quiero que te desmayes antes de llegar a tu hotel", dijo, recogiendo mi vestido arrugado del piso y ayudándome a ponérmelo, aunque era inútil –el tejido se pegaba a mi cuerpo aceitoso, transparente en los pezones y la curva de mis caderas.
Bajamos las escaleras del balcón en silencio, mis pies descalzos pisando las baldosas calientes, su mano en mi cintura guiándome. Afuera, el estacionamiento del resort era un caos de palmeras torcidas y autos alquilados cubiertos de arena. Daniel abrió la puerta de su jeep destartalado, y me subí, el asiento de cuero quemándome las nalgas desnudas bajo el vestido. Él se sentó al volante, encendiendo el motor con un rugido que vibró hasta mi clítoris aún sensible. "Cuéntame algo de ti que no sepa", le pedí mientras avanzábamos por la carretera costera, el viento revolviéndome el pelo. Él sonrió, una mano en el volante y la otra rozando mi rodilla. "Soy fotógrafo freelance. Viajo, capturo momentos. Como el tuyo anoche". Joder, su voz todavía me ponía la piel de gallina.
Llegamos al hotel en menos de media hora, el lugar un laberinto de pasillos abiertos y piscinas que brillaban bajo el sol naciente. Maykell nos esperaba en el lobby, apoyado contra la recepción con una cerveza en la mano, luciendo fresco como si no hubiera pasado la noche pensando en mí. Sus ojos se iluminaron cuando me vio, pero se detuvieron en Daniel, midiendo al tipo que acababa de follarme hasta el amanecer. Las otras chicas del grupo –Ricardo y las demás de la fiesta de anoche– estaban por ahí, fingiendo leer folletos de excursiones, pero todas giraban la cabeza. Podía verlas susurrando, notando el rubor en mis mejillas, el caminar cojeante que intentaba disimular, el olor a sexo que probablemente aún emanaba de mi piel. Una de ellas, la morena con el bikini rojo, me lanzó una mirada que gritaba "Joder, te lo montaste toda la noche con ese semental". Me sentí expuesta, pero excitada, como si llevara su corrida a la vista de todos.
Daniel se acercó a Maykell con esa confianza natural, extendiendo la mano. "La traje de vuelta sana y salva", dijo, su apretón firme, una sonrisa que no revelaba nada pero lo decía todo. Maykell rio, asintiendo, pero sus ojos se clavaron en mí, hambrientos de detalles. Daniel se giró hacia mí entonces, tomando mi mano y besándola en el dorso, sus labios rozando la piel con una promesa. "Tienes mi número, Mariela. Llámame cuando quieras. Anytime". Su aliento cálido me erizó los vellos, y susurró lo suficientemente bajo para que solo yo oyera: "Y la próxima vez, te traigo an un amigo si te animas". Me dejó ahí, con el corazón latiendo fuerte, mientras él se alejaba hacia su jeep, el sol delineando su silueta ancha.
El sol de Cartagena ya quemaba como un hierro al rojo cuando oí el claxon de un jeep viejo pero impecable estacionado abajo, en la calle empedrada. Maykell me había dado las últimas instrucciones esa mañana, con esa sonrisa suya que prometía caos controlado: "Disfruta, Mariela. Solo déjate llevar, como con la historia". Yo estaba nerviosa, el corazón latiéndome en la garganta, pero también excitada, recordando los masajes de Daniel en Medellín. Aquellos toques firmes que me dejaban la piel erizada, sin cruzar nunca la línea, pero siempre rozándola. Me miré en el espejo del hotel una última vez. Había elegido lo mismo que usé allá: esos shorts cortos y ajustados, de tela fina que se pegaba a mi piel como una segunda capa, tan delgados que se metían entre mis nalgas y rozaban mi coño con cada paso. Encima, la blusa transparente, blanca y vaporosa, que dejaba ver el contorno de mis pezones si la luz daba de frente. Y por último, el vestido Doreen que compré en un arrebato el año pasado –transparente como el cristal, flojo en los hombros, cayendo hasta medio muslo. En la luz del día, no ocultaba nada: mis curvas, el leve bulto de mis labios hinchados ya por la anticipación. Me sentía expuesta, pero eso era el punto, ¿no? Maykell lo sabía.
Bajé las escaleras del hotel con las piernas temblando un poco, el aire húmedo pegándose a mi piel. Ahí estaba él, Daniel, saliendo del jeep con esa gracia felina que lo hacía parecer sacado de un escaparate de maniquíes en un mall de lujo. Dios, el hombre era un espectáculo. Piernas musculosas, como las de un ciclista profesional, tensas bajo los shorts cargo que llevaba, subiendo hasta un culo redondo y firme que tensaba la tela. Hombros anchos, brazos definidos con venas marcadas, cintura estrecha que le daba esa silueta de superhéroe, como si Superman hubiera decidido tomarse vacaciones en la costa. Llevaba una camisa de lino abierta en el pecho, mostrando un rastro de vello oscuro que bajaba hasta su ombligo. Todas las mujeres en la calle se giraron: la vendedora de mangos con la boca entreabierta, un par de turistas rubias susurrando en inglés, incluso la dueña del café de la esquina dejó caer una servilleta. Él solo sonrió, ignorándolas, y me abrió la puerta del copiloto con un gesto caballeroso. "Mariela, qué bueno verte de nuevo. Te ves... radiante".
Subí al jeep, el asiento caliente contra mis shorts, y sentí cómo la tela se hundía un poco más entre mis labios, frotando mi clítoris con el movimiento. Intenté no gemir. Él rodeó el vehículo y se montó, su aroma –una mezcla de colonia cítrica y sudor fresco– invadiendo el espacio. "Maykell me dijo que estabas lista para algo ligero primero. Hay un sitio cerca de la playa, sirven ceviches y jugos. ¿Te parece?". Asentí, cruzando las piernas para calmar el pulso en mi entrepierna. "Suena perfecto". Arrancó, y el jeep traqueteó por las calles, el viento agitando mi vestido hasta que se levantó un poco, revelando el borde de mis shorts. Él miró de reojo, pero no dijo nada, solo sonrió con esa curva en los labios que me recordaba por qué sus masajes en Medellín me dejaban hecha un desastre.
Llegamos a un chiringuito improvisado al borde de una caleta, con mesas de madera bajo toldos de palma. El lugar olía a limón y pescado fresco, y pedimos ceviche de camarones y un jugo de lulo helado. Nos sentamos frente al mar, las olas rompiendo suaves, y empezamos a charlar. Él era respetuoso, como siempre: preguntas sobre mi trabajo en el hospital, anécdotas de Cartagena, risas sobre el viaje de Maykell y yo. Pero había un filo juguetón en su voz, un coqueteo sutil que me hacía apretar los muslos bajo la mesa. "En Medellín, tus masajes eran lo mejor del día", le dije, probando el terreno, mientras pinchaba un trozo de ceviche. Él levantó la vista, sus ojos oscuros clavándose en los míos. "Y tú eras la clienta más receptiva. Sentía cómo te relajabas bajo mis manos, pero también... cómo te tensabas en ciertos puntos". Su pie rozó el mío por accidente –o no–, enviando una chispa directo a mi coño. Reí, fingiendo ligereza. "Culpa tuya, con esas manos tuyas. Eres demasiado bueno". Él se inclinó un poco, su voz bajando. "Solo trato de hacer que te sientas bien, Mariela. Maykell me dijo que querías algo especial esta semana. Estoy aquí para eso". El sol pegaba en mi vestido, haciendo la tela casi invisible; vi cómo sus ojos bajaban un segundo a mis pezones endurecidos, luego volvieron a mi cara. Me mojé más, el calor entre mis piernas convirtiéndose en un goteo que empapaba los shorts.
Comimos despacio, el flirteo escalando sin prisa. Hablamos de la boda de Lina, de cómo él había masajeado a todas nosotras esa noche, y reí al recordar las confesiones entre copas: cómo nos dejaba todas con la piel ardiendo, imaginando más. "Tú eras la que más reaccionaba", dijo él, directo pero suave. "Tus músculos se contraían justo en la base de la espalda, como si quisieras que mis manos bajaran un poco más". Sentí un rubor subir por mi cuello, pero no aparté la mirada. "Tal vez quería eso. Pero eras un caballero, siempre parando justo antes". Él rió, un sonido grave que vibró en mi pecho. "Hoy no hay grupo, solo tú. Puedo concentrarme". Terminamos el almuerzo con esa tensión colgando en el aire, mi coño palpitando contra la tela húmeda. Cuando pagó la cuenta, su mano rozó la mía al pasarme el jugo, y juro que sentí su pulgar presionar un segundo de más.
De vuelta en el jeep, el trayecto al hotel de él fue corto, pero el silencio estaba cargado. Su hotel era un boutique escondido en un barrio residencial, con una fachada de buganvillas y un patio interno con piscina. Aparcó y me guio adentro, su mano en la parte baja de mi espalda, dedos firmes rozando el borde de mis shorts. Subimos por una escalera exterior a su habitación en el segundo piso –una suite amplia con balcón, cama king y una mesa de masajes profesional en el centro, cubierta de toallas blancas. El aire acondicionado zumbaba suave, contrastando con el calor de afuera. "Aquí es donde trabajo cuando viajo", explicó, cerrando la puerta. "Relájate, Mariela. Empecemos". Me quedé parada, el vestido pegado a mi piel sudada, y él se acercó despacio, sus ojos recorriendo mi cuerpo sin disimulo. "Puedes dejar el vestido aquí", murmuró, sus dedos tocando el tirante en mi hombro. Lo bajó con lentitud agonizante, la tela deslizándose por mis brazos, exponiendo mis hombros, luego mis pechos –los pezones duros como piedras, visibles a través de la blusa fina. Siguió bajando, hasta que el vestido cayó a mis pies en un pool de seda transparente. Quedé en shorts y blusa, el contorno de mi coño delineado por la humedad, labios hinchados presionando la tela. Él tragó saliva, su mirada deteniéndose ahí un segundo. "Joder, te ves increíble".
Me indicó la mesa, y me subí facedown, el estómago contra la superficie acolchada. Colocó un pequeño almohadón bajo mis caderas, elevando mi culo ligeramente –lo suficiente para que los shorts se hundieran más entre mis nalgas, la tela fina metiéndose en la raja y rozando mi ano y los labios de mi coño. Sentí el aire fresco contra mi piel expuesta, y un gemido escapó de mis labios antes de que empezara. Él vertió aceite tibio en mi espalda, sus manos grandes y callosas extendiéndolo desde los hombros. Eran toques expertos: pulgares presionando nudos en mis trapecios, palmas deslizándose por mi espina dorsal hasta la curva de mi cintura. Hablaba suave, voz ronca. "Respira profundo, déjate ir". Pero ya estaba ida, mi mente reviviendo Medellín, cómo sus manos siempre paraban justo en el borde de mis glúteos, rozando el interior de mis muslos sin entrar.
Bajó a mis piernas, amasando los músculos de mis pantorrillas, subiendo por los muslos. Sus dedos se hundían en la carne, separando ligeramente, y cada vez que llegaba al borde de los shorts, frenaba –rozando el pliegue donde mi muslo se unía a mi coño, el calor de sus nudillos a milímetros de mis labios empapados. "Estás tensa aquí", dijo, su aliento cerca de mi piel. "Relájate". Intenté, pero mi culo se levantó un poco por instinto, empujando contra el almohadón, los shorts clavándose más profundo. Sentí la tela frotar mi clítoris, y un chorrito de humedad se filtró, empapando todo. Él lo notó –sus manos temblaron un segundo al rozar el borde húmedo– pero siguió, masajeando el exterior de mis glúteos, dedos hundiendo en la carne suave sin entrar. Era tortura: cada pasada rozaba el perímetro de mi coño y ano, el aceite haciendo que todo resbalara, mi excitación goteando por mis muslos internos.
Me volteó con cuidado después de quince minutos, colocándome supina, el almohadón aún bajo mis caderas elevando mi pelvis. Ahora la blusa transparente no ocultaba nada: mis pezones erectos, el rubor en mi pecho. Él empezó por mis brazos, masajeando desde las muñecas hasta los hombros, sus ojos fijos en los míos. "Maykell mencionó una historia que leíste. Algo sobre fantasías pasadas". Su voz era casual, pero vi el brillo en su mirada. Joder, Maykell se lo había contado todo –o lo suficiente. Mi coño se contrajo al pensarlo, recordando a Ricardo, pero ahora con las manos de Daniel tan cerca. Bajó a mi abdomen, palmas circulares sobre mi vientre, dedos rozando el borde de la blusa, subiendo hasta el inferior de mis pechos sin tocarlos. "Te gustaba, ¿verdad? Dejarte llevar por esos recuerdos".
Asentí, mordiéndome el labio, mi respiración pesada. Él sonrió y movió las manos an mis muslos, abriéndolos ligeramente para masajear el interior. Ahora era peor –o mejor. Sus pulgares presionaban a centímetros de mi coño, rozando la tela de los shorts donde se pegaba an mis labios hinchados. Podía oler mi propia excitación, ese olor almizclado que se mezclaba con el aceite y el sudor, subiendo desde mis shorts empapados. Daniel siguió masajeando el interior de mis muslos, sus pulgares presionando con esa precisión que me volvía loca, siempre a un pelo de rozar donde lo necesitaba de verdad. Cada pasada hacía que mis labios se hincharan más, el roce de la tela contra mi clítoris era como un dedo fantasma, y joder, estaba tan cerca de correrme solo con eso. Mi coño palpitaba, contrayéndose vacío, y sentí un chorro de humedad filtrarse por los shorts, goteando hasta el borde de la mesa. No me tocaba ahí, no directamente, pero su aliento cálido rozaba mi piel cada vez que se inclinaba, y mis caderas se movían solas, buscando más. "Estás respondiendo bien", murmuró, su voz ronca, mientras sus dedos se hundían en la carne blanda de mis muslos internos, separándolos un poco más. Casi, joder, casi me vengo ahí mismo, con solo la promesa de sus manos y el calor de su mirada fija en el bulto húmedo de mi entrepierna. Pero entonces paró, cubriéndome con una toalla ligera, y me dijo que descansara un rato. Me quedé ahí, jadeando, el orgasmo colgando al borde como un precipicio, sin caer.
Cuando salí de su hotel esa tarde, las piernas me temblaban tanto que casi tropiezo en la escalera. El sol seguía pegando fuerte, y mi vestido transparente se pegaba a mi piel sudada, delineando cada curva, los shorts aún húmedos rozando mi coño sensible con cada paso. Tomé un taxi de vuelta al mío, y en cuanto llegué, llamé a Maykell. Él estaba en una reunión de trabajo en el centro, pero contestó al segundo tono, su voz con ese tono juguetón que siempre me ponía a mil. "Cuéntame todo, Mariela. ¿Cómo fue el masaje?". Me tiré en la cama, todavía con el vestido puesto, y empecé a soltar todo, la voz entrecortada. "Joder, Maykell, fue una puta tortura. Sus manos en mis muslos, rozando justo al lado de mi coño sin tocarlo, y yo... yo casi me corro solo con eso. No me metió los dedos ni nada, pero sentía mi pussy goteando, contrayéndose como si ya estuviera follándome. Estaba tan mojada que los shorts se pegaban, y él lo veía todo, lo olía. Dios, quería que me abriera las piernas y me lamiera hasta que explotara, pero se quedó en el límite. Me dejó hecha un desastre, excitada como nunca". Él rió, ese sonido grave que me hacía apretar los muslos. "Sabía que te gustaría. Mañana lo verás de nuevo, ¿no? Sigue así, déjate llevar". Colgué, tocándome un poco a través de la tela, pero no quise correrme sola; quería guardar esa necesidad para él.
Daniel Dia 2
Al día siguiente, me desperté con el cuerpo aún zumbando, el recuerdo de sus manos como un eco en mi piel. El hotel tenía una vista al mar, y mientras el sol entraba por la ventana, decidí ir más lejos esta vez. Nada de blusa ni shorts; busqué en mi maleta esa otra prenda que había traído en un impulso, un vestido de gasa negra casi transparente, más corto que el de ayer, cayendo justo por encima de la rodilla pero con un corte que se abría en los lados, dejando ver las caderas con cada movimiento. Debajo, un tanga de cuero rojo, delgado como un hilo, que se hundía entre mis labios y rozaba mi ano con cada paso, sin nada más. No bra, mis tetas libres, los pezones ya endureciéndose contra la gasa fina. Me miré en el espejo: en la luz del día, era obsceno. La tela negra dejaba ver el contorno de mis pechos, el cuero rojo asomando en las caderas, y si me movía, el triángulo del tanga delineado justo sobre mi coño. Me sentía como una puta en exhibición, pero eso me ponía cachonda, el estómago revolviéndose de nervios y deseo. Maykell me había dicho que hoy sería "un paso más", y joder, yo estaba lista para eso.
Bajé al lobby, el aire acondicionado haciendo que mis pezones se marcaran como balas, y ahí estaba el claxon del jeep. Daniel me esperaba, vestido con una camiseta ajustada que se pegaba a su pecho, shorts que dejaban ver esas piernas musculosas, y cuando me vio, sus ojos se abrieron un segundo, recorriéndome de arriba abajo como si me estuviera desnudando. "Mariela... joder, ese vestido". Subí al asiento del copiloto, la gasa rozando mis muslos, y el tanga ya empezaba a frotar mi clítoris con el movimiento del jeep al arrancar. Él no apartaba la vista de la carretera, pero lo sentía: me comía con los ojos, su mirada bajando cada vez que parábamos en un semáforo, fijándose en cómo el vestido se subía un poco, revelando el borde del cuero rojo. "Te ves... peligrosa hoy", dijo, su voz tensa, y yo crucé las piernas, sintiendo el tanga hundirse más profundo, un pulso en mi pussy que me hacía morder el labio. El trayecto fue corto, pero cada bache hacía que el cuero rozara mi ano y mis labios, y su presencia a mi lado, ese aroma a sudor y colonia, me tenía el coño chorreando antes de llegar.
Aparcó cerca de un mercadito al aire libre, no en la playa esta vez, sino en una plaza con vendedores de frutas y artesanías, gente moviéndose por todos lados bajo el sol implacable. "Pensé que un paseo ligero antes del masaje", explicó, bajando y rodeando el jeep para abrirme la puerta. Su mano rozó mi brazo al ayudarme, y joder, el contacto envió una descarga directo a mi entrepierna. Caminamos por la plaza, el vestido ondeando con la brisa, y sentía todas las miradas: un tipo vendiendo arepas se quedó con la boca abierta, una pareja de locales susurrando, incluso un perro callejero levantó la cabeza. Pero Daniel... él no disimulaba. Sus ojos se clavaban en mis tetas, en cómo los pezones presionaban la gasa, luego bajaban a mis caderas, donde el tanga se marcaba como una invitación. "No puedo dejar de mirarte", murmuró mientras pasábamos por un puesto de joyas, su mano en la curva de mi espalda, pulgar rozando el borde del vestido. Me volvía loca, esa forma en que me devoraba, como si ya estuviera imaginando cómo me quitaría todo. Mi coño se contraía con cada paso, el cuero frotando sin piedad, y tenía que apretar los dientes para no gemir en público. Compramos un par de mangos maduros, jugo goteando por mis dedos mientras los pelaba, y él lamió el suyo despacio, ojos fijos en mi boca. "Sabes que me estás matando, ¿verdad?".
Regresamos al jeep sudados, el calor pegajoso haciendo que el vestido se adhiriera a mi piel, transparente del todo ahora, mis tetas y el tanga visibles como si estuviera desnuda. Él condujo de vuelta a su hotel en silencio, pero su mano cayó en mi muslo, dedos apretando la carne suave, subiendo hasta el borde del vestido sin entrar. Sentí su pulso acelerado, y joder, cuando aparcó, su bulto era obvio bajo los shorts –un bulto enorme, duro como una puta roca, presionando la tela. Me guio adentro, su mano más baja esta vez, rozando mi culo a través de la gasa, y subimos las escaleras con mi corazón latiendo en la garganta. La habitación estaba igual, la mesa de masajes lista, pero el aire se sentía más cargado, como si el oxígeno se hubiera espesado con lo que íbamos a hacer.
"Quítate el vestido", dijo, cerrando la puerta, su voz baja y directa. No esperó; sus manos subieron a mis hombros, bajando los tirantes con lentitud, la gasa deslizándose por mi cuerpo hasta caer al suelo. Quedé en el tanga de cuero solo, tetas al aire, pezones duros y rosados, mi coño ya empapado haciendo que el cuero brillara. Él tragó saliva, ojos devorando mis curvas, y sentí su mirada como un toque físico, mi pussy contrayéndose. "Joder, Mariela, eres perfecta". Me indicó la mesa, y me subí facedown de nuevo, el almohadón bajo mis caderas elevando mi culo, el tanga hundiéndose entre mis nalgas, el cuero delgado separando mis labios pero rozando mi clítoris y ano con cada respiración. Vertió aceite, sus manos grandes cubriendo mi espalda, amasando con fuerza, pero esta vez no se contuvo tanto. Bajó a mis glúteos, dedos hundiendo en la carne, separando las nalgas ligeramente, rozando el cuero donde cubría mi ano. "Estás tan tensa aquí", murmuró, y un dedo trazó el borde del tanga, presionando contra el cuero justo sobre mi agujero, haciendo que me arqueara. No entró, pero joder, el roce era eléctrico, mi coño goteando alrededor del cuero, empapándolo todo.
Volteó, colocándome supina, y empezó por mis tetas esta vez, palmas circulares alrededor de ellas, pulgares rozando los pezones sin tocarlos del todo, círculos agonizantes que me tenían jadeando. Sus ojos estaban oscuros de deseo, y sentí su cuerpo más cerca, ese bulto enorme rozando mi muslo cuando se movió. Era enorme, joder, grueso y pulsante, presionando contra mí a través de la tela mientras masajeaba mis brazos, su cadera rozándome accidentalmente –o no– y el calor de su polla dura me hacía apretar los muslos. "Siente eso", susurró, moviéndose para que su erección se presionara contra mi cadera, dura como hierro, latiendo contra mi piel aceitada. No la saqué, no la toqué, pero el roce era una promesa, mi coño palpitando vacío, deseando que me follara ahí mismo.
Bajó a mis muslos, abriéndolos más, y esta vez sus dedos enganchengaron el tanga, empujándolo a un lado con lentitud. El cuero se deslizó, exponiendo mis labios hinchados, mi clítoris erecto y empapado, el ano guiñando bajo el aire fresco. "Dios, estás chorreando", dijo, su aliento caliente contra mi piel, y empezó a masajear el interior de mis muslos, pulgares rozando los labios exteriores, separándolos ligeramente sin penetrar. Cada pasada era fuego, sus dedos resbalando en mi humedad, círculos alrededor de mi clítoris que me tenían al borde, pero nunca dentro. Sentía su rabo duro presionando mi pierna ahora, moviéndose alrededor de mis dedos.
Daniel Dia 3
Podía sentir el pulso de mi coño todavía latiendo desde ayer, un eco sordo que me despertó con las sábanas pegadas a la piel. El sol se colaba por las persianas del hotel, pintando rayas de luz sobre mi cuerpo desnudo, y mientras me estiraba, el recuerdo de la polla de Daniel presionando contra mi cadera me hizo apretar los muslos. Joder, era gruesa, dura, latiendo como si estuviera viva, y aunque no la había tocado, el calor de ella se había quedado grabado en mi piel aceitada. Maykell me había mandado un mensaje anoche, después de que le contara cada detalle –el tanga empujado a un lado, sus pulgares separando mis labios hinchados sin entrar del todo, el roce de su aliento en mi clítoris–. "Sigue empujando, Mariela. Mañana, nada de barreras. Déjalo ver todo", había escrito, y su voz en mi cabeza, ronca y aprobadora, me tenía el estómago revuelto de anticipación.
Me levanté y busqué en mi maleta el vestido que había guardado para un momento como este: un modelo de malla elástica, blanco casi translúcido, que se ceñía al cuerpo como una segunda piel, tan fino que en la luz del día dejaba ver cada curva sin piedad. No me puse nada debajo –ni tanga, ni sostén, solo mi piel desnuda rozando la tela áspera. Me miré en el espejo del baño, girando para ver cómo el material se estiraba sobre mis tetas, delineando los pezones ya endurecidos por el roce, y bajando por mis caderas hasta rozar el inicio de mis nalgas. Si me inclinaba un poco, el contorno de mi coño se marcaba claro, los labios suaves presionando contra la malla, y mi ano un punto oscuro bajo la tela. Joder, era como ir envuelta en humo, todo visible pero no del todo, y el simple acto de moverme hacía que la tela frotara mi clítoris, enviando chispas directas a mi núcleo. Me sentía expuesta, vulnerable, pero eso solo avivaba el fuego; mi pussy ya empezaba a humedecerse, un chorro ligero filtrándose contra la malla.
Bajé al lobby con las piernas temblando un poco, el aire fresco del pasillo haciendo que mis pezones se pusieran como piedras, punzando contra el vestido. Afuera, el claxon del jeep sonó, y ahí estaba Daniel, apoyado contra la puerta del conductor, con una camiseta holgada y shorts sueltos que no ocultaban del todo el bulto que ya se insinuaba. Cuando me vio, su mirada se clavó en mí como un imán, bajando desde mis tetas hasta el triángulo entre mis piernas, donde la malla se pegaba ligeramente por la humedad creciente. "Mariela... mierda, ¿vienes así?", dijo, su voz baja y tensa, abriendo la puerta del copiloto con una mano que rozó mi cintura al pasar. Subí, el asiento de cuero caliente contra mis nalgas desnudas, y la tela del vestido se subió un poco, exponiendo el inicio de mi coño. Él se subió al volante, y en cuanto arrancó, su mano cayó casualmente en mi rodilla, dedos apretando la carne suave antes de subir un centímetro, rozando el borde de la malla. No dijo nada más, pero lo sentía: su respiración más pesada, el jeep zigzagueando un poco mientras intentaba no mirarme.
El trayecto fue una tortura lenta. Cada bache hacía que mis tetas rebotaran contra la tela, pezones frotando hasta doler de lo sensibles que estaban, y abajo, mi coño se contraía solo, empapando la malla hasta que sentí el asiento húmedo bajo mis nalgas. Daniel no apartaba los ojos de la carretera del todo; en un semáforo, su mirada bajó directo a mi entrepierna, donde la tela blanca ahora era casi transparente, mis labios hinchados delineados como una puta invitación. "No llevas nada debajo, ¿verdad?", murmuró, su mano subiendo más, pulgar trazando el borde interno de mi muslo hasta rozar el pliegue donde empezaba mi pussy. Asentí, mordiéndome el labio, y crucé las piernas un segundo, solo para sentir el roce de la malla contra mi clítoris, un gemido escapando antes de que pudiera pararlo. Él rió bajo, acelerando cuando cambió la luz, pero su mano se quedó ahí, caliente y pesada, un recordatorio de lo que vendría.
Aparcó en el hotel, pero esta vez no hubo paseo previo; el aire estaba cargado, como si ambos supiéramos que el límite se había movido. Bajó y me abrió la puerta, su cuerpo tan cerca que sentí el calor de su pecho contra mi brazo, y cuando salí, el vestido se pegó del todo a mi piel sudada, transparente bajo el sol, mis tetas y coño visibles como si estuviera desnuda. Gente en la entrada del hotel giró la cabeza –un par de turistas murmurando, un empleado con los ojos fijos–, pero Daniel no les prestó atención; me guio adentro con una mano en mi espalda baja, dedos rozando el inicio de mis nalgas a través de la malla. Subimos las escaleras en silencio, mi corazón martilleando, y cuando entramos en su habitación, el clic de la puerta sonó como un disparo.
La mesa de masajes estaba lista, con una sábana ligera encima, y el aire olía a aceite de coco y a él –sudor limpio, colonia sutil–. "Quítatelo", dijo, su voz ronca, sin preámbulos, y esta vez no esperó mi movimiento; sus manos subieron a mis hombros, enganchando la malla y bajándola despacio, la tela rasgando un poco al liberarse de mis pezones. El vestido cayó al suelo en un montón, dejándome completamente desnuda, tetas pesadas balanceándose, mi coño expuesto con los labios ya separados y brillantes de humedad. Él se quedó mirándome un segundo, tragando saliva, su bulto enorme tensando los shorts. "Joder, Mariela, eres... no hay palabras". Me indicó la mesa, y me subí facedown, el almohadón bajo mis caderas elevando mi culo, nalgas separadas ligeramente, mi ano y pussy al aire, el fresco de la habitación haciendo que todo se contrajera.
Vertió aceite en mi espalda, manos grandes extendiéndolo con presión firme, amasando los hombros y bajando por la columna hasta mis glúteos. Sus pulgares se hundieron en la carne de mis nalgas, separándolas un poco, rozando los bordes de mi ano sin entrar, y joder, el roce era directo, mi coño goteando aceite y jugos sobre la sábana. Pero entonces sentí movimiento; él se estaba quitando la camiseta, el sonido de tela cayendo, y abrí los ojos un segundo para ver su torso desnudo reflejado en un espejo al lado –músculos tensos, sudor brillando en su pecho–. Cerré los ojos de nuevo, concentrándome en las sensaciones, pero no pasó mucho antes de que sus shorts se deslizaran, el roce de tela contra el suelo. Ahora estaba desnudo, su cuerpo caliente cerca del mío, y sentí el primer roce: la cabeza de su polla, gruesa y pesada, presionando contra mi pantorrilla mientras masajeaba mis muslos.
Era enorme, joder, más grande de lo que imaginaba, la piel suave y venosa rozando mi piel aceitada. No la vi, pero la sentía –caliente, pulsante, curvada ligeramente hacia arriba, la piel del prepucio cubriendo la cabeza un poco, un rastro de humedad preeyaculatoria dejando una marca resbaladiza en mi pierna–. Él se movió, bajando las manos a mis pies, y su polla se deslizó por mi otra pantorrilla, pesada como un peso caliente, balanceándose con cada paso que daba alrededor de la mesa. Mantuve los ojos cerrados, el corazón acelerado, pero no dije nada; el roce era eléctrico, mi coño contrayéndose con cada contacto accidental –o no tan accidental–. Cuando me volteó para ponerme supina, su cuerpo se inclinó sobre mí, y sentí su polla rozar mi cadera, la curva de ella presionando contra mi hueso, dura y tensa, el prepucio deslizándose un poco con el movimiento.
Empezó por mis tetas, palmas cubriéndolas enteras, pulgares finalmente rozando los pezones directamente, pellizcándolos con precisión que me hizo arquear la espalda. Sus caderas se movieron más cerca, y ahora su polla descansaba contra mi abdomen, el peso de ella caliente sobre mi piel, latiendo con su pulso. Joder, era gruesa, el eje curvado presionando justo bajo mi ombligo, y mientras masajeaba mis brazos, se deslizó hacia arriba, la cabeza rozando el inicio de mis tetas. No la miré, ojos cerrados, pero la sentía en cada centímetro: venas prominentes bajo la piel suave, el prepucio retrayéndose ligeramente con cada roce, dejando un rastro húmedo en mi cuerpo. Mi pussy palpitaba, expuesta al aire, jugos goteando por mis nalgas hasta la sábana, y cuando él bajó a mis muslos, abriéndolos con manos firmes, su rabo se deslizó por mi muslo interno, rozando el pliegue donde empezaba mi coño.
"Ahí está", murmuró, su voz entrecortada, y sus dedos finalmente entraron en juego –no solo rozando, sino separando mis labios hinchados, un dedo medio hundiéndose en mi pussy con lentitud, curvándose para tocar ese punto que me hacía jadear. El aceite lo hacía resbaladizo, y entró fácil, mi coño chorreando alrededor de él, contrayéndose como si lo succionara. Pero no paró ahí; su pulgar presionó mi clítoris, círculos firmes, mientras otro dedo rozaba mi ano, untado en mis jugos, presionando la entrada sin forzar. Sentí su pene moviéndose de nuevo, deslizándose por mi muslo hasta rozar mi mano, que colgaba floja al lado de la mesa. Instintivamente, mis dedos se cerraron alrededor de ella –joder, era tan gruesa que apenas cabía en mi puño, la piel caliente y sedosa, el prepucio cubriendo la cabeza bulbosa, curvada hacia mí como si buscara mi toque.
No la solté. En cambio, apreté más, sintiendo el latido en mi palma, el eje grueso y venoso respondiendo al instante, endureciéndose aún más. Él gruñó, un sonido gutural, y su dedo en mi pussy se hundió más profundo, dos ahora, estirándome mientras su pulgar no paraba en mi clítoris. "Joder, Mariela, no pares", susurró, y yo no lo hice; mi mano subió y bajó despacio, retrayendo el prepucio para exponer la cabeza roja y brillante, preeyaculatoria goteando por mis nudillos. Era enorme, curvada como una hoz, la piel sin cortar oliendo
Daniel Dia 4
No pude dormir nada esa noche. El recuerdo de el pene de Daniel en mi mano me tenía el cuerpo encendido, como si aún la estuviera apretando. Joder, era tan gruesa que mis dedos apenas se encontraban alrededor del eje, la piel suave y caliente latiendo contra mi palma mientras el prepucio se retrasaba, exponiendo esa cabeza bulbosa y roja que goteaba preeyaculatoria por mis nudillos. Me había corrido dos veces solo tocándola, su dedo curvado dentro de mi coño golpeando ese punto que me hacía ver estrellas, pero no había sido suficiente. Me desperté sudada, las sábanas enredadas entre mis piernas, mi pussy palpitando con un vacío que no se llenaba. Maykell me mandó un mensaje al amanecer: "Cuéntame cómo termina hoy. Quiero saber si te la metes en la boca". Suena posesivo, pero joder, eso solo me ponía más caliente, imaginando su aprobación mientras me tragaba a Daniel entero.
Me duché rápido, el agua caliente golpeando mis tetas y haciendo que mis pezones se endurecieran al instante, pero no me sequé del todo. En su lugar, saqué el vestido de playa que había traído para días como este: una cosa minúscula de malla sheer, rosa pálido, tan fina que era como no llevar nada. Se ceñía a mi cuerpo como un velo, el material elástico estirándose sobre mis curvas sin ocultar una puta cosa. Me lo puse sin nada debajo, las tiras delgadas cruzando mi espalda y dejando mis nalgas casi al aire, el dobladillo apenas cubriendo el inicio de mi coño. Me miré en el espejo del hotel, girando para ver cómo la tela se pegaba a mis labios hinchados, delineándolos como si estuviera desnuda, y mis tetas se movían libres, pezones presionando contra la malla translúcida. Un paso y el roce contra mi clítoris me hizo gemir bajito; ya estaba húmeda, un chorrito filtrándose por mis muslos internos. Era ridículo pretender que esto era ropa –solo servía para que la gente mirara dos veces y yo sintiera el aire en mi piel expuesta.
Bajé al lobby con el estómago revuelto, el vestido ondeando con cada paso y rozando mi ano cada vez que me movía. El aire acondicionado del pasillo hacía que mis pezones dolieran de lo duros que estaban, y noté a un par de huéspedes en el ascensor echándome miradas rápidas, sus ojos bajando a donde la malla se pegaba a mi entrepierna. No dije nada, solo apreté los muslos para sentir el frotamiento, mi pussy contrayéndose con anticipación. Afuera, el jeep de Daniel rugió al encenderse, y ahí estaba él, con una camisa suelta desabotonada hasta el pecho y shorts que no disimulaban el bulto semierecto. Cuando me vio, se enderezó, su mirada clavándose en mis tetas primero, luego bajando por el vestido que no cubría nada. "Mariela, ¿vienes a joderme la cabeza otra vez?", dijo con esa voz grave, abriendo la puerta del copiloto. Su mano rozó mi cadera al pasar, dedos apretando la carne desnuda bajo la malla, y subí sintiendo el cuero del asiento pegarse a mis nalgas húmedas.
Arrancó sin decir más, pero su mano derecha cayó en mi rodilla casi de inmediato, pulgar trazando círculos lentos en mi piel mientras el jeep traqueteaba por la carretera costera. Cada bache hacía que mis tetas rebotaran, la malla frotando mis pezones hasta que ardían, y abajo, mi coño se empapaba más, la tela rosa ahora oscura y pegajosa entre mis labios. Él lo notó –joder, cómo no–, y su mano subió un poco, rozando el borde del vestido donde empezaba mi muslo interno. "Ese vestido es una puta broma", murmuró, ojos fijos en la carretera pero con la respiración más pesada. Apreté las piernas alrededor de su mano, sintiendo el calor de su palma contra mi piel, y un gemido se me escapó cuando sus dedos rozaron el pliegue húmedo. No entró, solo presionó lo suficiente para que sintiera la promesa, mi clítoris palpitando contra la malla. El trayecto se sintió eterno, mi cuerpo en llamas, recordando cómo su polla había latido en mi puño la noche anterior, gruesa y curvada, lista para más.
Llegamos al hotel y el sol pegaba fuerte, haciendo que la malla se volviera aún más transparente, mi piel brillando a través de ella como si estuviera desnuda en público. Daniel aparcó cerca de la entrada, y cuando bajé, el vestido se subió un poco, exponiendo el contorno completo de mi coño, labios separados y húmedos. Un grupo de locales cerca de la piscina giró la cabeza –un tipo con shorts ajustados se quedó con la boca entreabierta, una mujer a su lado susurrando algo–, pero Daniel me tomó del brazo y me guio adentro, su cuerpo bloqueando las miradas, aunque su mano en mi espalda baja rozaba el inicio de mis nalgas. Subimos las escaleras en silencio, mi corazón martilleando, y cuando la puerta de su habitación se cerró, el clic resonó como una invitación.
La mesa de masajes estaba preparada, con una toalla delgada encima y botellas de aceite alineadas. El aire olía a sal marina mezclada con su colonia, y él se giró hacia mí, quitándose la camisa sin prisa, revelando su pecho ancho y músculos tensos. "Quítatelo todo, Mariela. No hay tiempo para juegos hoy". Su voz era ronca, ojos clavados en mis tetas mientras enganchaba los dedos en la malla y la bajaba por mis hombros. La tela se deslizó fácil, pegada solo por el sudor y la humedad, liberando mis pezones con un roce que me hizo jadear. El vestido cayó a mis pies, dejándome desnuda, tetas pesadas balanceándose, mi coño expuesto con los labios ya hinchados y brillantes. Él tragó saliva, su bulto tensando los shorts, y me indicó la mesa. Me subí boca abajo, el almohadón bajo mis caderas elevando mi culo, nalgas separadas lo justo para que sintiera el aire fresco en mi ano y pussy.
Vertió aceite en mi espalda, manos grandes extendiéndolo con presión que me hacía gemir bajito, amasando los hombros y bajando por la columna hasta llegar a mis glúteos. Sus pulgares se hundieron en la carne, separando mis nalgas más esta vez, rozando los bordes de mi ano con la yema de los dedos, untados en aceite resbaladizo. Joder, el roce era directo, mi pussy contrayéndose y goteando jugos que se mezclaban con el aceite, chorreando por mis muslos. Sentí su cuerpo moverse, el sonido de sus shorts cayendo al suelo, y luego el primer contacto: la cabeza de su polla presionando contra mi pantorrilla, gruesa y pesada, la piel suave rozando mi piel aceitada mientras masajeaba mis pies. Era más dura que ayer, latiendo con fuerza, curvada hacia arriba como si buscara mi cuerpo, y un rastro de preeyaculatoria dejó una marca húmeda en mi pierna.
No dije nada, ojos cerrados, concentrándome en cada sensación –el peso de su dick balanceándose contra mi otra pantorrilla cuando se movió alrededor de la mesa, venas prominentes pulsando contra mi piel. Mi coño palpitaba, vacío y desesperado, recordando cómo lo había apretado ayer, el prepucio retrayéndose bajo mis dedos. Él gruñó bajito, manos subiendo por mis muslos, pulgares presionando el interior hasta rozar mis labios hinchados sin entrar. "Estás chorreando, Mariela. ¿Todo el camino pensando en esto?". Asentí contra la mesa, mordiéndome el labio, y cuando me volteó para ponerme boca arriba, su cuerpo se inclinó sobre mí, su polla deslizándose por mi cadera, el eje grueso presionando contra mi hueso, caliente y tensa.
Empezó por mis tetas, palmas cubriéndolas y amasando con fuerza, pulgares pellizcando mis pezones hasta que dolió de lo bueno que era, mi espalda arqueándose. Sus caderas se acercaron más, y ahora su rabo descansaba sobre mi abdomen, el peso de ella latiendo contra mi piel, curvada justo bajo mi ombligo. Joder, era enorme, la cabeza bulbosa rozando el inicio de mis tetas con cada movimiento, preeyaculatoria goteando y dejando rastros resbaladizos. No la miré, pero la sentía en cada centímetro: piel sedosa sobre venas gruesas, el prepucio cubriéndola a medias, endureciéndose más con mi respiración agitada. Bajó a mis muslos, abriéndolos con manos firmes, y su polla se deslizó por mi muslo interno, la curva rozando el pliegue donde empezaba mi coño, tan cerca que sentí el calor de la cabeza contra mis labios.
"Muévete un poco", murmuró, su voz entrecortada, y cuando lo hice, su dick se posicionó justo al lado de mi mano colgante. Esta vez no esperé; mis dedos se cerraron alrededor de ella, apretando el eje grueso que apenas cabía en mi puño, sintiendo el latido acelerado. Él jadeó, y sus dedos finalmente entraron en acción –separando mis labios con dos de ellos, hundiéndose en mi pussy con lentitud, curvándose para tocar ese punto profundo que me hacía temblar. El aceite lo hacía fácil, mi coño chorreando alrededor de sus nudillos, contrayéndose como si lo succionara. Pero no paró; su pulgar presionó mi clítoris, círculos rápidos y firmes, mientras otro dedo rozaba mi ano, untado en mis jugos, presionando la entrada con más insistencia, la punta entrando un centímetro y haciendo que mi culo se contrajera.
No pude contenerme. Solté su rabo un segundo para empujarme hacia arriba, mi boca abriéndose desesperada hacia ella. "Quiero chupártela", jadeé, y él no se opuso –al contrario, se movió para que la cabeza rozara mis labios, gruesa y salada con preeyaculatoria. La tomé en mi boca de inmediato, labios estirándose alrededor del prepucio, lengua lamiendo la parte inferior mientras succionaba, saboreando el gusto limpio y salado de su piel. Joder, era tan grande que apenas cabía, la curva obligándome a inclinar la cabeza, pero lamí el eje de arriba abajo, retrayendo el prepucio con los labios para exponer la cabeza roja y sensible, chupándola con fuerza hasta que gruñó y empujó sus caderas. Mis manos agarraron sus muslos, uñas clavándose, mientras mi boca subía y bajaba, saliva goteando por el eje y mezclándose con el aceite de mi cuerpo.
Él no se quedó quieto; sus dedos en mi pussy se hundieron más profundo, tres ahora, estirándome con un ritmo. No podia parar de tragar, mi boca estirada al límite alrededor del rabo de Daniel mientras sus dedos me tocaba la vagina con un ritmo que me tenía al borde. Tres de ellos ahora, gruesos y resbaladizos por el aceite y mis jugos, curvándose dentro de mí para presionar ese punto que me hacía apretar los dientes contra su eje. La cabeza de su dick golpeaba el fondo de mi garganta con cada embestida de sus caderas, el prepucio retrayéndose completamente para que pudiera lamer la piel sensible debajo, salada y caliente. Goteaba saliva por la barbilla, mezclándose con el preeyaculatorio que se escapaba de su punta, y cada vez que succionaba más fuerte, él gruñía y empujaba sus dedos más profundo en mi pussy, el pulgar frotando mi clítoris en círculos que me hacían temblar. Mi ano aún sentía el roce de su dedo índice, presionando la entrada aceitada sin entrar del todo, solo lo suficiente para que mi culo se contrajera y enviara ondas de placer directo a mi coño.
"Joder, Mariela, tu boca es una puta adicción", jadeó él, su voz ronca mientras sus caderas se movían más rápido, follando mi cara con control pero con urgencia. Yo no respondía, solo gemía alrededor de su polla, la vibración haciendo que su eje latiera contra mi lengua. Mis tetas rebotaban con cada movimiento, pezones duros rozando el borde de la mesa de masajes, y abajo, mi pussy chorreaba tanto que el aceite se acumulaba en un charco bajo mis nalgas. Sentí el orgasmo construyéndose, un nudo apretado en mi vientre, y cuando su dedo finalmente se hundió un poco más en mi ano –solo la primera falange, resbaladiza y firme–, exploté. Mi cuerpo se tensó, coño contrayéndose alrededor de sus dedos como un puño, jugos salpicando sus nudillos mientras gemía alto contra su dick. Él no paró, solo aceleró, y segundos después, su polla se hinchó en mi boca, la cabeza pulsando antes de que chorros calientes de semen me llenaran la garganta. Tragué lo que pude, el resto goteando por las comisuras de mis labios, salado y espeso, mientras él jadeaba y sacaba sus dedos de mí con un sonido húmedo.
Me dejó ahí, temblando en la mesa, su polla saliendo de mi boca con un pop resbaladizo, aún semi-dura y brillando con mi saliva. Se inclinó para besarme el cuello, un roce rápido de labios, y murmuró algo sobre cómo era la mejor clienta que había tenido. Me vestí con piernas flojas, el vestido de malla pegándose a mi piel sudorosa y manchada, y salí de su habitación con el sabor de él todavía en la lengua. El trayecto de vuelta en el jeep fue silencioso, su mano en mi muslo de nuevo, pero esta vez solo un toque posesivo, como si supiera que volvería por más.
Daniel Ultima Noche
Esa noche, en mi cama de hotel, no para a de pensar. El agotamiento me pegaba los ojos, pero mi mente no paraba de reproducir el día: la forma en que su polla había llenado mi boca, el estiramiento de mis labios alrededor de esa curva gruesa, el semen caliente deslizándose por mi garganta. Me toqué un par de veces, dedos hundidos en mi pussy aún sensible, imaginando que era él follándome de verdad, pero cada orgasmo solo me dejó más vacía. Finalmente, el sueño me atrapó, y soñé con la última sesión, la de mañana, la que cerraría esta semana de masajes que se habían convertido en algo mucho más sucio.
En el sueño, estaba de nuevo en el jeep de Daniel, pero esta vez la carretera costera se extendía infinita bajo un cielo estrellado, el océano rugiendo a un lado como si me susurrara secretos. Él me miraba de reojo, su mano no en mi rodilla sino directamente entre mis piernas, dedos presionando la malla del vestido contra mi coño sin piedad. "Última vez, Mariela. ¿Vas a dejar que te folle por fin?", dijo con esa voz grave que me erizaba la piel. Quería decir que sí, joder, mi cuerpo gritaba por sentir esa polla gruesa partiéndome en dos, curvándose dentro de mi pussy hasta tocar fondo. Pero una parte de mí se retorcía, un nudo de culpa en el estómago. Maykell y Ricardo aparecían de repente en el asiento trasero, como fantasmas en el espejo retrovisor, sus voces mezclándose con el viento.
"Es okay, nena", murmuraba Maykell, su tono posesivo pero alentador, como cuando me mandaba mensajes diciéndome que le contara todo. "Entregate. Quiero los detalles después, cómo te estira el hasta que grites". Ricardo se inclinaba más cerca, su aliento caliente en mi oreja, ojos fijos en el bulto de Daniel en los shorts. "Sabes que lo quieres. Siempre lo has querido. Sigues diciendo no, tenemos que parar, pero me mandas fotos a todas horas –tus tetas apretadas contra el espejo del baño, tu labios depilado brillando bajo la luz del sol que entrance por tu ventana, tus nalgas en el aire en tu cama. Me dejas contarte lo que quiero hacerte: atarte las manos y lamerte el ano hasta que supliques, follarte la boca mientras Maykell te come el pussy. Y luego dices no, no podemos. Como si eso cambiara el hecho de que ya te has corrido un millón de veces tocándote con la idea. Date permiso, Mariela. Déjalo entrar".
En el sueño, sus palabras me quemaban, mi coño palpitando con una mezcla de excitación y pánico. Daniel aparcaba el jeep en una playa desierta, la arena cálida bajo mis pies descalzos mientras él me quitaba el vestido, sus manos grandes cubriendo mis tetas y pellizcando los pezones hasta que dolían. Me tumbaba en una manta improvisada, piernas abiertas al cielo nocturno, y su polla rozaba mi entrada, la cabeza bulbosa presionando mis labios hinchados sin entrar. "Dime que sí", gruñía él, y yo quería, joder, quería arquearme y tomarlo todo, sentirlo latir dentro de mí mientras el océano lamía la orilla como una lengua. Pero la culpa me frenaba, un eco de "esto está mal" revolviéndose en mi pecho, incluso mientras Ricardo y Maykell aplaudían desde la oscuridad, sus voces urgiéndome: "Córrete con él. Es lo que necesitas". Me desperté jadeando, sábanas empapadas entre mis muslos, mi pussy contrayéndose alrededor de nada, el sueño dejando un residuo de deseo culpable que no se iba.
Al día siguiente, el sol entraba a raudales por las cortinas del hotel, pero yo me sentía como si hubiera corrido una maratón emocional. Excitada, sí –mi clítoris palpitaba solo con recordar el sueño, la forma en que el pene de Daniel había rozado mi entrada–, pero también asustada, como si cruzar esa línea final lo cambiara todo. Desesperada por lo que pasaría esa noche, porque sería la última sesión, y Daniel me había dicho que me recogería al atardecer para cenar primero, algo casual en un restaurante playero antes de llevarme a su habitación para el masaje en el balcón, con vistas al mar bajo la luna llena. Maykell me había mandado un mensaje al mediodía: "Última ronda. Haz lo que sientas, pero cuéntamelo todo. Quiero que hagas lo que tu quieras". Ricardo en MIs pensamientos, más directo, había agregado una foto suya con el pantalón bajado, su dick dura en la mano: "Piensa en mí mientras lo tocas. O mejor, en nosotros tres". Joder, eso solo me ponía más caliente, la idea de confesarles después, de revivirlo en mensajes sucios.
Me pasé la tarde debatiendo qué ponerme, el armario del hotel revuelto como mi cabeza. Nada demasiado inocente –esto no era una cita normal–, pero tenía que ser algo que lo volviera loco sin darlo todo de una. Saqué un top halter de lino blanco, fino como una segunda piel, que se ataba detrás del cuello y dejaba mi espalda casi completamente expuesta, el escote cayendo bajo para que mis tetas se asomaran con cada movimiento. Sin sostén, por supuesto; quería sentir el roce del tejido contra mis pezones, endureciéndolos al instante. Para abajo, una falda midi de algodón ligero, con una raja alta en el muslo que se abría con cada paso, revelando piel hasta la cadera. Nada de bragas –el aire libre contra mi coño me mantenía húmeda, un recordatorio constante de lo que vendría. Me miré en el espejo, girando para ver cómo la falda se pegaba a mis nalgas cuando me inclinaba, el contorno de mis labios delineado si la luz daba bien. Un toque de perfume en el cuello y entre los pechos, y estaba lista, el estómago revolviéndose con nervios y anticipación. ¿Lo dejaría follarme esta vez? El sueño aún resonaba, Ricardo susurrando que ya me había corrido millones de veces imaginándolo, Maykell aprobando cada paso. Quizás era hora de dejar de fingir.
El sol se ponía cuando bajé al lobby, el aire cálido de la tarde envolviéndome como una caricia. Daniel esperaba junto al jeep, cambiado a una camisa de lino azul que se ceñía a sus hombros anchos, pantalones caqui que no ocultaban el bulto familiar en su entrepierna. Sus ojos se clavaron en mí de inmediato, bajando por el escote del top hasta la raja de la falda, y una sonrisa lenta se extendió por su cara. "Mariela, vas a hacer que la cena sea imposible de disfrutar", dijo, voz baja y cargada, abriendo la puerta para mí. Su mano rozó mi cintura al pasar, pulgar presionando la piel desnuda bajo el top, y subí al asiento con un escalofrío, la falda subiéndose lo justo para exponer el inicio de mi muslo interno, sin bragas de por medio.
El trayecto al restaurante fue una tortura lenta, el jeep traqueteando por caminos secundarios con vistas al mar que se teñía de naranja y púrpura. Su mano cayó en mi rodilla casi de inmediato, como siempre, pero esta vez subió más alto, dedos trazando la raja de la falda hasta rozar el pliegue donde mi piel se volvía sensible. No entró, solo presionó lo suficiente para que sintiera el calor de su palma contra mis labios hinchados, ya húmedos por el roce del asiento de cuero. "Estás sin nada debajo, ¿verdad?", murmuró, ojos en la carretera pero con la respiración entrecortada. Asentí, mordiéndome el labio, y apreté los muslos alrededor de su mano, un gemido escapando cuando su pulgar rozó mi clítoris por accidente –o no–. Mi pussy palpitaba, recordando el sueño, la culpa mezclada con el deseo de que me follara ahí mismo, en el jeep, con el mar salpicando contra las rocas como si estuviera cabreado por no poder unirse a la fiesta. No entró de inmediato, solo dejó que su pulgar presionara más firme contra mi clítoris, frotando en círculos lentos que me hacían apretar los dientes para no gemir en voz alta. Joder, estaba empapada, el cuero del asiento pegándose a mis nalgas desnudas cada vez que el jeep daba un bote. Mi pussy palpitaba, rogando por más, pero Daniel solo sonrió de lado, retirando la mano justo cuando pensé que me iba a correr ahí mismo.
"Comida primero", dijo, como si leyera mi mente, acelerando un poco para que el viento me azotara la falda y expusiera más de lo que ya estaba dejando ver. Asentí, jadeando, y crucé las piernas para calmar el calor entre ellas, pero solo sirvió para que mis labios se rozaran y me recordara lo vacío que se sentía todo sin algo dentro.
El restaurante era uno de esos sitios improvisados en la playa, mesas de madera astillada bajo un techo de palmeras entretejidas, con el humo de la parrilla mezclándose al olor salino del océano. Nos sentaron en una esquina apartada, cerca del borde donde las olas rompían lo suficientemente cerca como para salpicar mis pies descalzos si me inclinaba. Daniel pidió mariscos y una botella de ron local, pero yo apenas presté atención al menú; mis ojos seguían bajando a su entrepierna, donde el bulto de su dick se marcaba contra los pantalones caqui, recordándome el sueño de anoche y cómo había rozado mi entrada sin entrar.
Nos sentaron tan cerca que nuestras sillas se tocaban, y desde el primer bocado, no paró de rozarme. Su rodilla presionaba la mía bajo la mesa, subiendo hasta que su muslo se pegaba al mío, el calor de su piel filtrándose a través de la falda. Comí un trozo de langosta, el jugo chorreando por mi barbilla, y él se inclinó para limpiármelo con el pulgar, metiéndomelo después en la boca para que lo chupara. "Buena chica", murmuró, y joder, eso solo me puso más caliente, mi lengua girando alrededor de su dedo como si fuera la cabeza de su polla.
Durante la cena, no dejó de tocarme. Su mano subió por mi espalda expuesta, trazando la curva de mi columna hasta enredarse en mi pelo, tirando suavemente para inclinar mi cabeza hacia él y besarme el hombro. Cada roce era eléctrico; sus dedos jugaban con los mechones sueltos, enredándolos y soltándolos, mientras su otra mano se colaba bajo la mesa para apretar mi muslo, abriendo la raja de la falda lo justo para rozar el pliegue interno de mi pierna. Yo me movía en la silla, restregándome contra su toque, mi coño goteando tanto que sentía el asiento húmedo debajo de mí. Quería saltarme el postre, arrastrarlo al jeep y montarlo hasta que me llenara, pero él solo sonreía, sirviéndome más ron y comentando lo jodidamente sexy que me veía con el top pegado a mis tetas, los pezones endurecidos asomando como si pidieran atención.
"¿Qué quieres de postre, Mariela?", preguntó en un momento, su aliento caliente contra mi oreja mientras fingía oler mi perfume. Le di un sorbo al ron, el líquido quemándome la garganta, y respondí bajito: "A ti. Todo de ti". Él rio, bajo y ronco, y su mano subió más, dedos rozando el borde de mis labios hinchados sin entrar, solo presionando lo suficiente para que supiera que estaba lista. La cena se estiró como una tortura, cada bocado una excusa para que nuestros cuerpos se chocaran –mi codo contra su brazo, mi pie deslizándose por su pantorrilla–, pero por fin pagó la cuenta y me levantó de la silla, su mano en la curva de mi cintura, guiándome hacia el jeep con un apretón que prometía más.
El camino de vuelta al hotel fue peor que el de ida. No dijo nada, solo condujo con una mano en el volante y la otra de nuevo en mi pierna, esta vez sin barreras. Yo no pude aguantar; agarré su muñeca y tiré de su mano hacia arriba, abriendo mis muslos para que sus dedos sintieran la verdad: nada de bragas, solo mi pussy resbaladiza y abierta, los labios separándose alrededor de su pulgar como si lo invitaran. "Joder, estás chorreando", gruñó, deslizando dos dedos dentro de mí sin aviso, curvándolos para presionar ese punto que me hacía arquear la espalda contra el asiento. Mi cuerpo se tensó, caderas empujando contra su mano, tan desesperada que gemí su nombre, el jeep traqueteando con mis movimientos. Estaba tan mojada que sus dedos entraban y salían con un sonido húmedo, el aceite de mi excitación cubriéndole la piel hasta la muñeca. Quería correrme, joder, quería apretar sus dedos y rociar el salpicadero, pero él los sacó justo cuando el orgasmo empezaba a construirse, lamiéndoselos con una mirada que me dejó temblando. "Cena primero, ¿recuerdas? Ahora, el masaje".
Llegamos al hotel con el cielo ya oscuro, la luna llena colgando baja sobre el mar como un faro pervertido. Daniel me llevó directamente a su habitación en la planta alta, una suite con balcón que daba a la playa desierta, el sonido de las olas un rugido constante que ahogaba todo lo demás. La habitación olía a sal y a algo más terroso, como si el viento hubiera traído el aroma de cuerpos sudados de la arena abajo. No perdimos tiempo con luces o charlas; él me tomó de la mano y me sacó al balcón, el aire nocturno fresco contra mi piel caliente, haciendo que mis pezones se endurecieran aún más bajo el top.
Se colocó detrás de mí, su pecho pegándose a mi espalda, y sentí su aliento en mi cuello mientras sus manos bajaban por mis brazos, deteniéndose en los lazos del top. "Última vez, Mariela. Vamos a hacer que cuente", murmuró, desatando el nudo detrás de mi cuello con dedos lentos, deliberados. El top cayó, exponiendo mis tetas al aire salino, y él inclinó mi cabeza hacia un lado con una mano en mi mandíbula, besándome el cuello desde atrás –labios suaves al principio, luego mordiendo la piel sensible bajo la oreja, chupando hasta que un moretón empezaría a formarse. Su otra mano bajó el top del todo, pero se detuvo en mis pechos, cubriéndolos con sus palmas grandes, pulgares rozando los pezones que se tensaron al instante, endureciéndose como piedrecitas bajo su toque.
Mi cuerpo se arqueó contra él sin pensarlo, la espalda curvándose para presionar mis nalgas contra el bulto enorme en sus pantalones. Joder, era tan grueso, latiendo a través de la tela, y yo me restregaba contra él, sintiendo la curva de su dick presionar justo en el surco de mi culo. Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando los pezones con fuerza suficiente para que doliera un poco, enviando descargas directas a mi pussy que ya goteaba por mis muslos. Gemí, empujando hacia atrás más fuerte, y él gruñó contra mi cuello, su boca dejando un rastro de besos húmedos por mi hombro mientras bajaba la falda. La tela se deslizó por mis caderas, cayendo en un montón a mis pies, dejándome completamente desnuda en el balcón, el viento lamiendo mi piel expuesta como una lengua invisible.
No me importaba si alguien nos veía desde la playa; el riesgo solo me ponía más cachonda, mi coño contrayéndose vacío mientras me inclinaba hacia adelante, apoyando las manos en la barandilla de madera áspera. Daniel se pegó más, su dick ahora presionando directamente contra mis nalgas desnudas a través de sus pantalones, y alcancé atrás con una mano, tirando de la cintura de sus shorts hacia abajo. Se los bajé lo justo para liberar su polla, esa cosa gruesa y sin circuncidar que saltó libre, caliente y pesada contra mi piel. La piel del prepucio se retrajo un poco al rozar mis nalgas, y yo separé las piernas, arqueando la espalda para que su eje se deslizara entre mis cachetes abiertos, como si mi culo lo estuviera follando desde atrás.
Usé mis nalgas para apretarlo, subiendo y bajando lentamente, sintiendo cómo la piel de su dick se movía con cada roce –el prepucio deslizándose hacia adelante y atrás sobre la cabeza bulbosa, lubricado por el preeyaculatorio que ya goteaba de la punta. Era resbaladizo, caliente, y yo empujaba contra él con movimientos deliberados, mis nalgas envolviéndolo como una mano apretada, el surco de mi culo masajeando cada centímetro de su longitud. Él jadeaba contra mi cuello, manos volviendo a mis tetas para apretarlas mientras follaba el espacio entre mis cachetes, la cabeza de su polla rozando la base de mi columna y luego bajando hasta presionar justo contra mi ano, sin entrar, solo amenazando con hacerlo. "Joder, Mariela, tu culo me está matando", gruñó, sus caderas empujando más rápido, el sonido húmedo de su piel contra la mía mezclándose con las olas abajo.
Me movía con él, restregando mis nalgas arriba y abajo, sintiendo cómo su dick latía entre ellas, la piel sensible del prepucio estirándose con cada pasada. Mi pussy chorreaba, jugos corriendo por mis muslos internos, y alcé una mano para tocarme, dedos deslizándose entre mis labios para frotar el clítoris hinchado. Pero él me detuvo, agarrando mi muñeca y guiándola atrás para que sintiera su polla –caliente, venosa, palpitando contra mi palma mientras seguía moviéndose entre mis cachetes. "No todavía. Quiero que sientas esto primero", dijo, y joder, lo sentía: cada vena, cada pulso, la forma en que el prepucio se arrugaba y alisaba con el roce de mi piel aceitada por el sudor y su pre.
El balcón se sentía como un escenario privado, la luna iluminando nuestras sombras alargadas sobre el piso de baldosas, y yo gemía bajito, empujando hacia atrás para que su dick presionara más contra mi ano, el anillo contrayéndose alrededor de la punta sin dejarlo entrar. Él mordió mi hombro, fuerte, y aceleró el ritmo, sus bolas golpeando mis muslos con cada embestida entre mis nalgas. Estaba cerca, lo sentía en cómo su eje se hinchaba, el pre goteando y lubricando el camino, haciendo que el deslizamiento fuera más suave, más sucio. Yo quería que se corriera así, chorros calientes salpicando mi espalda y cayendo entre mis cachetes, pero una parte de mí rogaba por más –por que me girara y me follara
La luna se colaba por el balcón como un chismoso, iluminando el desastre de aceite y sudor que éramos Daniel y yo sobre esa mesa de masajes. Mi cuerpo aún temblaba de los orgasmos que me había arrancado sin siquiera follarme, la pussy abierta y palpitante, rogando por algo más que roces y promesas. Él se inclinó sobre mí, su dick curvado presionando mi muslo, grueso y listo, goteando pre que dejaba un rastro resbaladizo en mi piel. "Ahora que sabes que tenemos toda la noche, Mariela", murmuró, su voz ronca rozando mi oreja como si ya estuviera dentro de mí, "qué quieres. Dime".
No respondí con palabras. Me volteé en la mesa, el aceite haciendo que mi piel se deslizara fácil, y levanté una pierna, doblándola contra mi pecho para que mi culo se arqueara hacia arriba, exponiendo todo bajo la luz plateada. Mi pussy se abrió sola, labios hinchados y relucientes, el ano contrayéndose al aire fresco que subía desde las olas. Agarré su dick con una mano, sintiendo el calor venoso en mi palma, el prepucio retrayéndose un poco bajo mi agarre mientras lo tiraba hacia mí, guiándolo directo a mi entrada. "A ti", jadeé, y él no dudó –se subió a la mesa conmigo, su peso hundiéndola un poco, el balcón crujiendo bajo nosotros como si el mar abajo aprobara el jodido espectáculo.
"Daniel, por favor, ve lento", le pedí, mi voz entrecortada mientras alineaba la cabeza de su rabo con mis labios, sintiendo cómo se separaban alrededor de la punta sin entrar aún. "Quiero recordar y sentir cada movimiento". Él asintió, ojos fijos en donde nos uníamos, y empujó despacio, solo la cabeza primero, estirándome con esa curva que la hacía encajar justo en mi interior. Joder, era gruesa, abriéndome centímetro a centímetro, y mi cuerpo se arqueó solo, caderas subiendo para encontrarlo, montando la punta como si quisiera devorarlo entero.
El primer orgasmo me golpeó cuando apenas había entrado la mitad, mi pussy contrayéndose alrededor de su eje, apretándolo como un puño mientras jugos calientes salían y corrían por sus bolas. Gemí alto, el sonido rebotando en el balcón vacío, y él se quedó quieto, dejándome sentir cada vena pulsando contra mis paredes, la forma en que su girth me llenaba hasta el límite. Me moví yo entonces, bajando despacio por los nueve pulgadas, sintiendo cómo la curva rozaba ese punto dentro que me hacía ver estrellas, luego empujando hacia atrás hasta que mi culo chocó contra su pelvis, todo él enterrado. Mi cuerpo explotaba en la base, cuando estaba profundo, abriéndome del todo, y alcé las caderas para subir de nuevo, cabalgando su dick desde la punta hasta el fondo, cada movimiento un thrust completo que me tenía jadeando.
No se movía mucho al principio, solo me dejaba usarlo, sus manos en mis caderas guiándome mientras yo controlaba el ritmo. Subía lenta, sintiendo cómo mi pussy se cerraba alrededor de la cabeza, luego bajaba con fuerza, el impacto haciendo que mis tetas rebotaran y mi ano se contrajera vacío. Quería más profundidad, joder, quería que me partiera, pero él se mantenía ahí, sosteniéndose en la base, dejándome hacer el trabajo. Cada vez que llegaba al fondo, mi cuerpo se tensaba, un clímax pequeño estallando y extendiéndose por mí, pussy chorreando alrededor de su eje, lubricándolo más. Alcé una mano atrás, tirando de sus dedos hacia mi culo, y él entendió –deslizó uno en mi ano sin aviso, el dedo grueso estirando el anillo mientras yo empujaba hacia atrás, follándome en ambos agujeros al mismo tiempo.
"Fuck, Mariela, estás apretando tanto", gruñó, curvando el dedo dentro de mí, rozando la pared que separaba su dick de su dedo, haciendo que todo se sintiera conectado. Yo aceleré, subiendo y bajando por su longitud entera, el sonido húmedo de mi pussy tragándoselo mezclándose con el chapoteo de las olas abajo. Mi segundo orgasmo fue más fuerte, cuerpo arqueándose como un puente, tetas apuntando al cielo mientras chorros calientes salpicaban su abdomen, mi ano apretando su dedo hasta que lo sacó y metió dos, estirándome más, el aceite viejo haciendo que entraran fácil.
Nos corrimos de esa forma un rato, yo montándolo desde abajo, el balcón oliendo a sexo y sal, pero pronto quise cambiar. Lo empujé hacia atrás, saliendo de mí con un pop húmedo que dejó mi pussy vacía y goteando, y me giré para ponerme encima. Él se recostó en la mesa, dick apuntando recto como una puta lanza, y yo me subí a horcajadas, guiándolo de nuevo dentro con una mano. Esta vez no fui lenta –bajé de golpe, sintiendo cómo me abría del todo, la curva golpeando profundo mientras mis nalgas se aplastaban contra sus muslos. Gemí, manos en su pecho para equilibrarme, y empecé a cabalgar, caderas girando en círculos que frotaban mi clítoris contra su pubis.
Sus manos subieron a mis tetas, pellizcando los pezones duros mientras yo rebotaba, cada bajada haciendo que su dick rozara cada rincón dentro, venas masajeando mis paredes como si supieran exactamente dónde presionar. "Más rápido", jadeé, y él thrustió arriba para encontrarse conmigo, el impacto enviando ondas por mi espina. Mi culo se movía solo, contrayéndose alrededor de nada, y él lo notó –una mano bajó para palmear una nalga, separándola para deslizar un dedo de nuevo en mi ano, follándome ahí al ritmo de mis rebotes. Joder, era demasiado; mi tercer clímax me dobló, pussy apretando su eje mientras yo seguía moviéndome, ordeñándolo sin parar, jugos chorreando por sus bolas hasta empapar la mesa.
Pero no paramos ahí. Daniel me levantó como si no pesara, saliendo de mí y girándome para ponerme de rodillas en la barandilla del balcón, mis tetas colgando sobre el borde, el viento lamiendo mis pezones mientras él se colocaba atrás. Su dick rozó mis nalgas primero, deslizándose entre ellas como antes, lubricado por mis fluidos, antes de alinearse con mi pussy y empujar de una. Entró fácil esta vez, todo el camino, y yo empujé hacia atrás, queriendo que me follara duro contra la madera áspera. Él lo hizo, caderas chocando con las mías, bolas golpeando mi clítoris con cada embestida, su dedo volviendo a mi culo para unirse a la fiesta, dos ahora, estirándome mientras su dick me llenaba la pussy.
"Fóllame más profundo", gruñí, y él obedeció, una mano en mi pelo tirando mi cabeza hacia atrás para arquearme más, exponiendo mi cuello a sus mordiscos. Cada thrust era brutal pero controlado, su girth abriéndome, la curva golpeando ese punto que me tenía al borde constante. Me corrí de nuevo, cuerpo temblando contra la barandilla, pussy contrayéndose y rociando sus muslos, pero él no paró –siguió follándome, cambiando el ángulo para que su pulgar rozara mi clítoris desde atrás, prolongando el orgasmo hasta que grité su nombre al mar.
Nos movimos por el balcón como animales, probando cada posición que se nos ocurría bajo la luna que no paraba de mirar. Me puso de lado contra la pared, una pierna levantada sobre su antebrazo mientras me penetraba lento al principio, luego rápido, su dick saliendo casi del todo antes de enterrarse, haciendo que mis paredes se cerraran alrededor de la cabeza cada vez. Yo lo arañaba, uñas en su espalda, sintiendo cómo sudaba contra mí, el olor de su excitación mezclándose con el jazmín quemado de la lámpara. Otro orgasmo me sacudió ahí, mi ano contrayéndose cuando él deslizó tres dedos dentro, follándome en ambos agujeros hasta que chorros calientes salpicaron el piso de baldosas.
Luego me llevó al suelo, el fresco de las losas contra mi espalda mientras él se arrodillaba entre mis piernas abiertas, dick entrando de nuevo con un thrust que me levantó las caderas. Esta vez fue oral mezclado –bajó la cabeza entre thrusts, lengua lamiendo mi clítoris mientras su eje me follaba, chupando mis jugos directamente de la fuente. Gemí, manos en su pelo tirando, y cuando me corrí, rocié su cara, pussy palpitando alrededor de su dick que no paraba de moverse. Él gruñó, lamiendo todo, y se enderezó para follarme más duro, sus bolas apretando contra mi culo.
Horas después, el cielo empezaba a aclararse un poco, pero seguíamos. Encontré el sombrero que había usado para las fotos antes –ese fedora ancho que me hacía sentir como una turista cachonda–, y me lo puse mientras lo montaba en cowgirl, de pie sobre él en el centro del balcón. El sombrero se ladeaba con cada rebote, mis tetas saltando libres, y él reía, manos en mis nalgas separándolas para meter un dedo en mi ano mientras yo cabalgaba su dick entero, subiendo hasta la punta y bajando hasta que mi cuerpo chocaba contra el suyo. "Joder, con ese sombrero pareces salida de una película sucia", dijo, y yo aceleré, pussy apretándolo, queriendo ordeñarlo hasta el final.
Probamos anal entonces, lento al principio –me puse a cuatro patas, culo en alto, y él vertió más aceite, frotando la cabeza de su dick contra mi ano hasta que se abrió alrededor de él. Entró centímetro a centímetro, estirándome con esa curva que lo hacía sentir aún más grueso, y yo gemí, una mano bajando a mi pussy para frotarme mientras él empujaba. Fue intenso, su girth llenándome el culo, venas pulsando contra el anillo apretado, y cuando estuvo todo dentro, me folló despacio, saliendo casi del todo antes de volver a hundirse. Mi clítoris palpitaba bajo mis dedos, y me corrí así, ano contrayéndose alrededor de su dick, haciendo que él gruñera y acelerara.
Cambiamos a misionero con mis piernas sobre sus hombros, él follándome la pussy de nuevo, profundo y rápido, el sombrero aún en mi cabeza ladeado como una corona ridícula. Sus thrusts me tenían gritando, cada uno golpeando mi cervix, y cuando sentí que se hinchaba, lo apreté más, queriendo su corrida dentro. "Córrete, Daniel, lléname", jadeé, y él lo hizo –un gruñido gutural mientras chorros calientes inundaban mi pussy, su dick latiendo dentro, semen goteando fuera con cada pulso. Me corrí con él, cuerpo convulsionando, mixing nuestros fluidos.
Daniel la Despedida
El sol ya picaba en el horizonte cuando Daniel finalmente me bajó de sus hombros, su dick saliendo de mi pussy con un sonido húmedo que hizo eco en el balcón vacío. Mis piernas temblaban como gelatina, el semen de él goteando por mis muslos mezclándose con mis propios jugos, y el aire salado del mar me enfriaba la piel empapada. Él me sostuvo un segundo, besando mi hombro con una risa baja, como si supiéramos que esto no era el final, solo una pausa antes de la próxima ronda. "Vamos, Mariela, no quiero que te desmayes antes de llegar a tu hotel", dijo, recogiendo mi vestido arrugado del piso y ayudándome a ponérmelo, aunque era inútil –el tejido se pegaba a mi cuerpo aceitoso, transparente en los pezones y la curva de mis caderas.
Bajamos las escaleras del balcón en silencio, mis pies descalzos pisando las baldosas calientes, su mano en mi cintura guiándome. Afuera, el estacionamiento del resort era un caos de palmeras torcidas y autos alquilados cubiertos de arena. Daniel abrió la puerta de su jeep destartalado, y me subí, el asiento de cuero quemándome las nalgas desnudas bajo el vestido. Él se sentó al volante, encendiendo el motor con un rugido que vibró hasta mi clítoris aún sensible. "Cuéntame algo de ti que no sepa", le pedí mientras avanzábamos por la carretera costera, el viento revolviéndome el pelo. Él sonrió, una mano en el volante y la otra rozando mi rodilla. "Soy fotógrafo freelance. Viajo, capturo momentos. Como el tuyo anoche". Joder, su voz todavía me ponía la piel de gallina.
Llegamos al hotel en menos de media hora, el lugar un laberinto de pasillos abiertos y piscinas que brillaban bajo el sol naciente. Maykell nos esperaba en el lobby, apoyado contra la recepción con una cerveza en la mano, luciendo fresco como si no hubiera pasado la noche pensando en mí. Sus ojos se iluminaron cuando me vio, pero se detuvieron en Daniel, midiendo al tipo que acababa de follarme hasta el amanecer. Las otras chicas del grupo –Ricardo y las demás de la fiesta de anoche– estaban por ahí, fingiendo leer folletos de excursiones, pero todas giraban la cabeza. Podía verlas susurrando, notando el rubor en mis mejillas, el caminar cojeante que intentaba disimular, el olor a sexo que probablemente aún emanaba de mi piel. Una de ellas, la morena con el bikini rojo, me lanzó una mirada que gritaba "Joder, te lo montaste toda la noche con ese semental". Me sentí expuesta, pero excitada, como si llevara su corrida a la vista de todos.
Daniel se acercó a Maykell con esa confianza natural, extendiendo la mano. "La traje de vuelta sana y salva", dijo, su apretón firme, una sonrisa que no revelaba nada pero lo decía todo. Maykell rio, asintiendo, pero sus ojos se clavaron en mí, hambrientos de detalles. Daniel se giró hacia mí entonces, tomando mi mano y besándola en el dorso, sus labios rozando la piel con una promesa. "Tienes mi número, Mariela. Llámame cuando quieras. Anytime". Su aliento cálido me erizó los vellos, y susurró lo suficientemente bajo para que solo yo oyera: "Y la próxima vez, te traigo an un amigo si te animas". Me dejó ahí, con el corazón latiendo fuerte, mientras él se alejaba hacia su jeep, el sol delineando su silueta ancha.